Seminario Financiamiento, competitividad y desarrollo productivo

Estuvimos presentando el Seminario "Financiamiento, competitividad y desarrollo productivo" del Banco Provincia. Contamos con la presencia del Gobernador Scioli
Desde el seminario queremos reflexionar y unir las ideas con la acción en el trabajo cotidiano. Desde la visión del gobernador hemos convertido al Banco en un aliado estrategico de los sectores Productivos. Por eso este seminario se propone superar la falsa antinomia estado vs.mercado. Es estado y mercado trabajando juntos. Debemos evitar las "o" y poner mas "y" (publico y privado, ciencia y mercado) para generar condiciones de crecimiento
Quedamos muy agradecidos por la presencia de la CAF, aliada para financiar proyectos con las cadenas de valor. Con el BROU, también presente, tenemos los mismos objetivos de banca publica y de apoyo a los sectores productivos Un agradecimiento también  para el BNDES y CORFO por su apoyo en crear condiciones para el debate plural



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De Aristóteles a Indiana Jones. Una introducción cinematográfica a la Ciencia Política


El día en que el hombre comenzó a pensarse a sí mismo, exactamente en ese preciso instante, nació la política. No sería una exageración de mi parte, por lo tanto, afirmar que la política ha estado allí prácticamente desde siempre. Y si ha estado desde el minuto uno con nosotros, estudiarla –y sobre todo comprenderla– resulta fundamental para entendernos como individuos y como sociedad.
Donde debemos comenzar con las aclaraciones, asteriscos y notas al pie es en su definición, ya que ha ido variando con el correr de los años. Así, por ejemplo, si nos trasladáramos a la Atenas de Aristóteles –y habláramos un perfecto griego antiguo–, cualquier diálogo sobre política que emprendiéramos nos resultaría bastante extraño porque, en vez de implicar solo una parte de la vida en las polis (ciudades autónomas y soberanas que estaban desperdigadas a lo largo y ancho del territorio que hoy conocemos como Grecia), la política lo abarcaría todo.
Aristóteles, materia obligada si queremos referirnos a la Antigüedad, pensaba al hombre como un zoon politikon (animal político), y a la polis como el principio y fin de cualquier acción y objetivo humano. Entonces, la ética, la economía y la sociedad eran campos que se incluían dentro de la consideración política; no existían fronteras que las diferenciaban ni que las separaban del resto de la existencia.
Con el paso de los siglos, se logró especificidad, por lo que cada área del saber comenzó a tener su propia razón de ser. En ese proceso, ganó forma una idea de política más cercana a la que tenemos hoy en día (relacionada con el poder y el Estado). Llegaron tipos como Nicolás Maquiavelo, Thomas Hobbes, Adam Smith y Auguste Comte –las minas vinieron después: Hanna Arendt, Simone de Beauvoir y Simone Veil, entre sus exponentes– que separaron la ética, la religión, la economía y la sociedad en ámbitos que, aunque interconectados, se debían estudiar de forma diferenciada, con sus propias leyes y lógicas.
A pesar de los años transcurridos, de los autores consagrados y de los varios miles de libros que se escribieron sobre el tema, a mí me sigue gustando la mirada aristotélica de ver el mundo. El pensador griego sigue dando vueltas por ahí –y acepto gustoso su influencia–, ya que yo también veo a la política en todas partes. A veces la percibo y analizo con lentes de profesional, otras tantas como docente y, más frecuentemente, como el simple mortal que soy, nacido en el barrio de Saavedra. Lo que algunos pueden considerar una patología digna de ser atendida, yo terminé reconociéndola como mi forma de ver el mundo.
En esa “locura” también entra otra de mis pasiones: el cine. En cada película que veo, ya sea una pochoclera que disfruto con mi hijo menor –me es imposible recordar la cantidad de veces que vi El hombre araña (Spider-Man), pero seguramente estamos hablando de un número de dos cifras–, el drama más lacrimógeno que mi hija del medio me acerca o la de suspenso que comparto con, la mayor, siempre termino encontrando un lazo en el argumento que relaciono con algún concepto político que me anda dando vueltas en la cabeza.
Más allá del agobio que debe significar para mis hijos este proceso mental con el que conviven diariamente, me di cuenta de que al momento de pretender, o necesitar, explicar conceptos abstractos escritos hace cientos o miles de años y que, a primera impresión, estaban algo desconectados de nuestra actualidad, me resulta de una practicidad a veces –recalco el “a veces”– milagrosa enlazarlos con el cine.
A lo largo de 25 años de carrera docente universitaria, he visto cómo ha ido cambiando la formación y los conocimientos de los más jóvenes hasta el punto en que hoy, para muchos, Locke es el nombre de uno de los personajes de Lost, no John Locke, el filósofo inglés del siglo xvi; y Smith es el apellido de la pareja que protagonizaron Brad Pitt y Angelina Jolie en Señor y Señora Smith (Mr. & Mrs. Smith), no Adam Smith, el padre del liberalismo económico.
Ante este escenario, resulta más atractivo introducir la aparente complejidad de la política citando el diálogo final entre el Guasón y Batman en Batman: El caballero de la noche asciende (Batman: The Dark Knight Rises) o explicar la lucha de clases a partir de la escalada de Tony Montana en el mundo de la droga que a partir del mismo Marx. Octopus, el malo de la segunda película de El hombre araña (Spider-Man), nos puede ayudar a entender el rol de la ciencia y la técnica en nuestras sociedades como primer paso para leer a Jürgen Habermas; e Indiana Jones podría ser el personaje ideal para diferenciar la concepción del poder liberal de la realpolitik. Así, con algo de suerte, los chicos terminan de cursar y tienen diferentes perspectivas con las que pueden mirar al mundo y una idea más acabada de los autores y temas que hacen al tronco de la política, y todo gracias al séptimo arte.
Con este libro, aspiro a continuar ese sendero: tratar de hacer una introducción al mundo de la política al que muchos no han entrado aún, ya por desinterés o por pensarlo como muy lejano, a pesar de ser uno de los centros neurálgicos de la vida en sociedad. La forma que elegí para hacerlo fue enlazarla con aquellos lugares comunes en donde todos nos podemos sentir cómodos, con referencias actuales a un universo mágico basado en la realidad: el cine.
Espero que aquellos más “cancheros” con la terminología específica vean en este libro una manera entretenida de indagar en un campo conocido; y tal vez, esta puede ser una buena oportunidad para refrescar lo visto hace algunos años, o para que se dispare alguna nueva reflexión.
Para los que se hayan quedado con gusto a poco después de leer los temas tratados en cada capítulo, hay al final de cada uno información adicional para que sigan indagando y profundizando. Y si no vieron todas las películas a las que se hace referencia, también hay un apartado con la ficha de cada una.
Si disfrutan del libro al menos un poco de lo que yo disfruté escribiéndolo, me sentiré más que satisfecho. Acomódense en sus butacas, apaguen los celulares y que la función sea de su agrado.

Repercusiones: Infoban, ADN Ciudad y Diario norte

Libro recomendado: Política ATP

El presidente del Banco Provincia (Bapro), Gustavo Marangoni, presentó su primer libro, titulado Política ATP (Apto para todo público) que apunta a ser una introducción al mundo de la política, pero a través del universo mágico del cine.
Con un lenguaje llano y en tono ameno, como para llegar tanto al interesado en la política como al que no sigue habitualmente esos temas, el autor se propone interesar al lector en la ciencia política de una manera entretenida y original.
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Gustavo Marangoni presentó su primer libro
El presidente del Banco Provincia Gustavo Marangoni, presentó “Política ATP –Apta para todo Público-“, una introducción al mundo de la política a través del universo mágico del séptimo arte

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POLÍTICA CON SENTIDO COMÚNImprimirE-Mail
escrito por Alejandra Lazo   
sábado, 06 de julio de 2013
ImageEste jueves el politólogo Gustavo Marangoni presentó en una conocida librería de la calle Florida su libro Política ATP. Si bien se habló poco del contenido de la publicación, algunos de los conceptos esgrimidos por el titular del Banco Provincia con respecto a la política y la forma en la que debe practicarse dejaron a la gente con ganas de leer el libro.

"Hacer política no es sólo escuchar a las mayorías. El individuo es mucho más que la suma de las partes. Es necesario escuchar a todos y buscarle la vuelta a las cosas. Creo que es verdad que los políticos no debemos decir nunca que no porque siempre se le puede dar una vuelta de rosca a las cosas si se trabaja en equipo", afirmó el titular del Banco Provincia, Gustavo Marangoni, durante la presentación de su libro Política ATP (Apta para todo Público).
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Presentación de Política ATP en la Librería El Ateneo


Ante un auditorio donde no faltaron políticos y periodistas, Marangoni expresó que la intención del libro es "acercar la política a las personas que no son especialistas en la materia” y que la charla con Manes surge de la idea de "buscar una mirada transdisciplinaria sobre el tema”.

El autor definió a la política como "el fruto del pensamiento para tratar de resolver los problemas que surgen en la vida con los otros”, y agregó: "el carácter virtuoso de la política es su capacidad para buscarle la vuelta a las cosas a través de la creatividad o de un pensamiento alternativo”.

En esa línea señaló que "la política se hace siempre con el otro y no contra el otro, jerarquizando y administrando los conflictos”.

Por su parte, Manes expresó que Política ATP "es un libro que enseña, donde el autor también expresa propuestas concretas”, y que "a través del cine Marangoni le mete calle a la teoría y no le escapa a la política real”.

"Esto es posible porque Gustavo tiene la cualidad de ser un político intelectual, que conoce la política como ciencia y como profesión” agregó el neurocientífico.

Manes explicó que "el cerebro humano es un órgano social y que su complejidad es la que nos permite influir sobre los otros”.   Y señaló que "para ser un buen político se requieren muchas capacidades que son muy difíciles de medir, como la inteligencia emocional”.

Por último, remarcó que "la ciencia puede ser una buena metáfora para la política”, porque "rescata los resultados positivos de las investigaciones precedentes y luego somete las conclusiones de sus avances a la crítica de toda la comunidad científica”. Y concluyó: "yo creo que sería muy positivo que la política tome estas características del trabajo científico”.

El final de la presentación tuvo la participación de un invitado de lujo que estaba sentado en el auditorio, Ubaldo "Pato” Fillol, quien consultado por Marangoni contó dos anécdotas sobre la final del Mundial 78, que el Dr. Facundo Manes utilizó para explicar el funcionamiento del cerebro humano ante situaciones de stress.


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Batman y el Leviatán Orden y caos en las sociedades modernas


William Foster es lo que podríamos denominar un oficinista modelo, esa clase de personaje que se multiplica como hormigas y con el que nos cruzamos los días laborables –o que incluso podemos ser nosotros mismos, aunque nos neguemos a admitirlo–: pelo cuidadosamente recortado, corbata negra al tono con el pantalón de vestir, anteojos con alguna remanencia retro, camisa blanca de mangas cortas y un par de biromes que sobresalen del bolsillo. La radical diferencia con lo que vemos en las calles de la City está en que, si esta subespecie de trabajador suele llevar un maletín en la mano derecha, Foster sostiene, además, una escopeta en la izquierda.



El personaje interpretado por Michael Douglas en la dignísima película de Joel Schumacher, Un día de furia (Falling Down) (sí, sí, el mismo director que casi arruina la franquicia de Batman con dos espantosos mamarrachos fílmicos –Batman Forever, y Batman y Robin– supo hacer cosas buenas), es como la bestia que todos llevamos dentro pero que mantenemos a raya por obra y gracia del autocontrol. Cansado de los problemas cotidianos, William (Michael Douglas) decide enfrentarlos a los escopetazos limpios.
El microcentro, el tránsito, la violencia, los empujones, las colas, el frío y el abrigo que después no sabemos dónde meter, el calor, el retraso del tren, los paros sorpresivos del subte, los motoqueros y sus zigzagueantes motos que salen de la nada a velocidades astronómicas, las lluvias que anegan el barrio, los jefes y sus humores, los empleados y los suyos, todos pincelazos de nuestra vida diaria que condicionan nuestra paciencia. ¿Cómo hacemos para no estallar? ¿Qué nos contiene de transformarnos en un William Foster más?
En principio, la respuesta lógica sería que no estamos tan locos, o que al menos nuestra locura no llega a esos extremos, por más que haya ciertos días en que creemos que nos acercamos a nuestro límite. ¿Entonces? Una vez más recurramos a los clásicos para tratar de encontrar una respuesta. En este caso, repasemos a Thomas Hobbes, el padre del contractualismo.
Hobbes fue un pensador inglés del siglo xvii que, entre otras cosas, escribió el Leviatán. Allí plantea que el Estado (representado justamente por esta figura bíblica identificada con Satanás) es producto de un contrato voluntario entre los ciudadanos y el poder que tiene por objeto garantizar la seguridad individual.
Antes de este pacto –grafica Hobbes– las relaciones entre los hombres se llevaban adelante en un “estado de naturaleza”. ¿Por qué el hombre decide arroparse en el seno de un monstruo bíblico para permanecer en aquel estado? Porque todas las relaciones humanas estaban atravesadas allí por la incertidumbre y el temor. Era un todos contra todos donde “cada hombre tiene la libertad de usar su propio poder como quiera para la conservación de su propia naturaleza, es decir, de su propia vida; y por consiguiente, para hacer todo aquello que su propio juicio y razón considere como los medios más aptos para lograr ese fin”. Por lo tanto, “si dos hombres desean la misma cosa, y en modo alguno pueden disfrutarla, ambos se vuelven enemigos, y en el camino que conduce al fin (que es, principalmente, su propia conservación, y a veces su delectación tan solo), tratan de aniquilarse o sojuzgarse uno a otro”.
Si ningún individuo reconoce la autoridad del otro ni de una institución que esté por encima de sus intereses, cualquier disputa, por pequeña que pueda parecer, va a ser una disputa con la posibilidad real de ser hasta la muerte. Allí no hay espacio para la construcción de un nosotros, porque apenas si hay lugar para la preservación de un yo.
Pero vivimos en sociedad, en parte gracias a ese contrato, aunque debemos pagar un precio. No podemos hacer lo que queremos cuando queremos. Cedemos algunas de nuestras libertades y a cambio solicitamos toda una serie de garantías de que la vida va a transcurrir por vías normales con cierta certidumbre. El que se encarga de asegurar esa normalidad es el Estado. ¿Qué determina lo normal? Esa pregunta es un tanto más difícil y engañosa, pero tenemos toda una serie de reglas, leyes y códigos que nos dan una pauta de comportamiento. Yo puedo bajarme del auto, subir al colectivo y darle una buena paliza al colectivero por su desconsiderada forma de manejar, pero si lo hago me tengo que atener a las consecuencias que la sociedad, por medio de sus instituciones, me imponga.
Actuamos de una determinada manera y esperamos que el otro se comporte de manera similar. Si no existieran estas pautas, la cosa podría resultar bastante siniestra, al menos para la mayoría. En el “estado de naturaleza” que utilizaba Hobbes como figura, los más fuertes se imponían sobre los débiles sin ningún tipo de reparo ni contención. El componente egoísta que todos tenemos dentro –en algunos más grande que en otros–, pasaba a ser el combustible de cada acción que se llevaba adelante. Si consideramos que el mundo de hoy es competitivo, imaginémonos cómo sería una lucha hasta las últimas consecuencias por un paquete de fideos.
Nuevamente, el cine nos sirve para graficar lo que queremos decir, en este caso la bellum omnium contra omnes (guerra de todos contra todos). Pensemos en películas donde el Estado, de un día para el otro, desaparece. En todas, está el factor común del “sálvese quien pueda”: Mad MaxLa guerra de los mundos (War of the Worlds)2012Impacto profundo (Deep Impact)28 días después (28 Days Later)Waterwold y la lista continúa. El cine está plagado de producciones que demuestran la fragilidad de nuestras instituciones, lo endeble de nuestra organización social y política, lo tenue de la frontera que divide el mundo organizado en el que creemos desarrollarnos, y la barbarie irracional y anárquica a la que tanto temor tenemos.


¿Y la moral? ¿Acaso no existen en el hombre valores intrínsecos comunes que lo unan, más allá de la amenaza de castigo, para que no reine la anarquía? Si esto fuera así, si la moral tuviera suficiente fuerza y consideración para reinar por sí misma, no necesitaríamos policía, leyes, tribunales ni ejército: no tendríamos necesidad del Estado, ni de la política. Pero lo necesitamos, casi como el agua, porque el mundo está lleno de amenazas.



En el universo de la última trilogía de Batman (Batman inicia [Batman Begins]El caballero de la noche [The Dark Knight]  y El caballero de la noche asciende The Dark Knight Rises]), se plantean estos mismos dilemas. Existe un orden que se ve amenazado por la incapacidad para brindar seguridad a los habitantes de Gótica, es decir, una de las partes  está dejando de cumplir el pacto. Desde las entrañas mismas del sistema, la mafia, como un tumor que se expande sin control, hace y deshace a su gusto. Pero a diferencia del cáncer, la mafia no tiene intención de eliminar al Estado, sino más bien busca transformarlo en un apéndice suyo. La mafia no quiere el fin del orden establecido, quiere un orden a su servicio.
Dentro de esta anormalidad, donde la corrupción es ley, descansa una racionalidad. Como veremos en el próximo capítulo, el crimen organizado funciona, en algún aspecto, como un gobierno paralelo. Tiene sus reglas, códigos, y actúa de forma tal que sus acciones encierran cierto nivel de previsibilidad (si delatás a alguien, sabés lo que te espera; si cruzás la frontera de influencia de tu familia, sabés lo que te espera).
Batman aparece en este escenario como una fuerza del orden. Vendría a ser como un refuerzo de glóbulos blancos para luchar contra la infección pero que, sin embargo, no pretende remplazar al sistema inmunológico. Es un personaje extraordinario para un momento extraordinario. No intenta suplir las instituciones, al menos, no eternamente.
Nolan, director y uno de los guionistas de la saga, va a construir esta paradoja del guardián del orden perseguido por el mismo orden que intenta proteger, con una escena de la mejor de las tres películas y que usaremos a partir de ahora como base: El caballero de la noche.
Rachel (el amor imposible de Bruce Wayne, interpretada en esta película por la algo insulsa Maggie Gyllenhaal), Harvey Dent (Aaron Eckhart, el mismo de Gracias por fumar [Thank You for Smoking]) Bruce Wayne (Christian Bale) y su pareja de turno, Natasha, primera bailarina del ballet de Moscú, se encuentran casualmente en uno de los restaurants de Wayne. Natasha está intrigada por los niveles de violencia que ve en Gótica y se pregunta cómo es posible que se idolatre a un vigilante enmascarado.
“Aquí nos enorgullecemos de un ciudadano valiente”, responde Dent, a lo que la bailarina le retruca: “Necesitan funcionarios héroes como usted, no un tipo superior a la ley”.
Acá comenzamos a ver el hilo conductor de la motivación y, al mismo tiempo, la carga emocional que implica para Wayne ser un vigilante enmascarado. No es un funcionario ni está atado a ninguna legalidad. Es más, sus acciones son contrarias al principio básico del Estado que Max Weber, sociólogo alemán de finales del siglo xix y principios del xx, reconocía: el monopolio del uso legal de la fuerza. 
Wayne interviene, como quien quiere despistar cualquier indicio de su identidad secreta, “Exacto, ¿quién nombró a Batman?”. “Todos los que dejamos que la escoria se adueñara de la ciudad”, contesta Dent, “pero esto es una democracia”. Natasha parece algo indignada, lo que causa cierta curiosidad si se tiene en cuenta que su madre patria es regida a gusto por Vladimir Putin y Dmitri Medvédev.
“Cuando había enemigos en sus puertas (Dent no se va a dejar vencer), los romanos suspendían la democracia y nombraban un protector. No era un honor, era un servicio público”.
Rachel se incorpora a la charla haciendo uso de toda su artillería de conocimientos históricos y aporta: “El último hombre nombrado para proteger a la república fue César y nunca cedió su poder”.
“Bueno, está bien. O mueres siendo un héroe o vives lo suficiente como para volverte el villano. Sea quien sea Batman, no va a querer hacer esto toda su vida, Batman quiere que alguien ocupe su lugar”.
¿Cómo responder a situaciones extraordinarias que amenazan al sistema? Cuando una sociedad vive un hecho traumático que amaga con destruir este contrato social hobbesiano, en algún rincón surgirá la búsqueda del orden y la justicia como un intento de volver a los cauces anteriores. Pero esa búsqueda no siempre se regirá por los parámetros de la antigua normalidad.
Por supuesto que Batman quiere que alguien ocupe su lugar. Él lucha por las instituciones, por un orden, pero se ve a sí mismo como un parche, y no pretende que lo piensen diferente. Quiere causar temor, pero solo porque en su mente esa es la única forma de que lo tomen en serio. Aunque, al mismo tiempo, no mata, no dispara y siempre entrega a los malos a Gordon, es un agente del Leviatán que actúa paralelo a este.
Batman quiere salir de su rol parapolicial y necesita que el Estado recupere sus atribuciones. ¿Quién es el Estado? Harvey Dent. Él sí fue elegido para eso. Lo que sucede es que Dent tiene la legitimidad y el carisma, pero no tiene la fuerza para oponerse a los otros.
La amenaza a la legalidad y al orden es tan brutal y demencial que las fuerzas tradicionales, en parte porque están viciadas de corrupción por la infiltración en la fuerza policial o, porque aquellos que no están viciados padecen de cierta ineptitud o directamente miedo, no tienen la fuerza suficiente como para hacer frente al caos.
Caos. Hemos dado con la segunda tecla mágica del Caballero. La mafia no es el único enemigo con el que debe lidiar Batman ni tampoco el más peligroso. En esta película, quien se roba la atención es lo anormal, aquello que no puede pensarse como posible y que termina sucediendo. Gótica se enfrenta a un crimen organizado y a otro desorganizado y caótico, el gobierno del sin gobierno. ¿Y quién es el rey aquí? El perro que persigue al auto, el hombre de las cicatrices de orígenes inciertos, el villano cinematográfico mejor logrado de nuestro siglo: el Guasón. Jack Nicholson, no tenemos nada contra usted, no se lo tome como algo personal, pero Heath Ledger le pasó el trapo. Si Batman es un agente del Leviatán, el Guasón será un agente del “estado de naturaleza”.
Volvamos a la película. Dent ya está en el hospital luego de que Batman le ha salvado la vida en el último segundo, pero a costa de que Rachel volara por los aires. El Guasón, disfrazado de enfermera, se sienta a su lado. Quiere limar asperezas, dejar los resentimientos a un lado. Finalmente, dice, cuando los secuestraron, él estaba en la comisaría de Gordon. “Tus hombres, tu plan”, responde el convaleciente Dent al que ya vemos que comienza a dejar al fiscal a un lado para transformarse en Dos Caras.
“¿Te parezco un tipo que tiene un plan?”, le contesta el hombre de la sonrisa eterna. “¿Sabes lo que soy yo? Soy un perro persiguiendo autos. ¡No sabría qué hacer si agarrara uno! Sabes, yo solo hago las cosas. La mafia tiene planes, la policía tiene planes, Gordon tiene planes. Son estrategas, estrategas tratando de controlar sus pequeños mundos. Yo no soy un estratega. Yo intento mostrarle a los estrategas lo ridículos que son sus intentos de controlar las cosas”.
Y sigue: “Los estrategas te pusieron donde estás. Tú eras un estratega, tenías planes y mira donde te llevó todo eso. Yo solo hice lo que hago mejor, tomé tu pequeño plan y lo di vuelta. Mira lo que le hice a esta ciudad con un poco de gasolina y unas balas. ¿Sabes lo que he notado? Nadie se aterra cuando las cosas salen de acuerdo con lo planeado, aun si el plan es horroroso. Si mañana le digo a la prensa que un criminal va a morir o un camión con soldados va a explotar, nadie entra en pánico porque todo es parte del plan. Pero cuando digo que un pequeño alcalde morirá, bueno, ¡todo el mundo pierde la cabeza! Altera el orden establecido y todo se transformará en caos. Soy un agente del caos y ¿sabés qué es lo especial del caos? Es justo”.
Este capítulo debería ser una trascripción del guion entero de la película, debido a su genialidad, pero calculo que tendríamos algún problema con los derechos de autor.
El Guasón solo ve lo que quiere ver. No lo podemos castigar por eso, por la sencilla razón de que está loco –y como todo loco peligroso, es impredecible, actúa sin tener un objetivo claro en el horizonte–, pero además miente. El caos es tremendamente injusto, no hay lugar para los débiles en él. No hay quien proteja a aquellos que no pueden protegerse. La sociedad civil, si el orden cae, tratará de restaurar nuevamente alguna clase de equilibrio, porque no podemos concebir una vida en sociedad sin un compendio que recapitule aquellos comportamientos que toleramos y aquellos que no, ni un aparato institucional que se encargue de que esto se cumpla.
¿Todo orden es justo? No, claramente, no. Los argentinos conocemos de órdenes injustos, pero también aprendimos que para cambiarlos no debemos buscar la solución en el caos porque allí se esconden los sádicos, los asesinos y los irresponsables. 
Pero en su locura, el personaje de Ledger nos acerca una verdad: todo sistema tiene una cuota de injusticia que lleva a que algunos se beneficien más que otros. La libertad nos brinda las mismas posibilidades a todos, pero esa misma libertad hace que algunos vivan mejor que otros, ya sea por propia capacidad, herencia o simple suerte. Si prima la igualdad, entonces todo tu esfuerzo, trabajo y sacrificio no siempre te va a llevar tan lejos como podría.
El Leviatán tendrá entonces el fundamental rol de la búsqueda de equilibrios y consensos para que el orden en el que vivimos sea lo menos injusto posible. Deberá garantizar la seguridad, pero también tendrá que velar por un régimen fiscal progresivo, salud, educación y un largo etcétera. El estado de naturaleza está lejos de garantizar alguna de estas cosas, está lejos de garantizar nada, salvo la supervivencia del más fuerte. Batman es consciente de esto y está dispuesto a sacrificarse por sus ideas. 
En los últimos minutos de la película, vemos que Harvey Dent, imbuido de lleno en la locura, ahora es Dos Caras. En busca de venganza, secuestra a la familia de Gordon. Busca algún principio de justicia, de equilibrio. Quiere ver morir a los seres queridos de Dent para que sufra lo que él sufrió. “No importa lo que yo quiera”, dice, “es sobre lo que es justo. Creías que podíamos ser hombres decentes en tiempos indecentes, pero estabas equivocado. El mundo es cruel y la única moralidad en un mundo cruel es el azar. Imparcial, sin prejuicios, justo”.
Harvey perdió todo, siguió las reglas, se enfrentó a la oscuridad hasta que terminó siendo absorbido por esta. El Guasón lo eligió a él porque sabía que era el punto fuerte de la cadena, la representación de lo correcto, de la ley y el orden. Si esta figura caía, todo caería detrás. El simbolismo de su fracaso y de su paso al lado oscuro era el empujoncito final que la locura necesitaba para hacerse con toda la ciudad.
Dent compró la seguridad que le brindaba el contrato social. Aún más, era su máximo representante. A él le dijeron: “todo va a salir bien”, y confió en que todo sería así. Cuando le fallaron, y la anarquía pareció por un segundo ser la ganadora, surgió Dos Caras, la representación de que hasta el más creyente puede perder la fe.
En la situación extraordinaria en la que se encontraba Gótica, en aquella disputa entre el orden y el caos, Dent era una víctima inadmisible. Batman lo debe matar para salvar al hijo de Gordon, pero el cadáver tendido en el suelo aún tiene poderes, todavía puede significar algo, a expensas de un último sacrificio.
“El Guasón ganó”, dice Gordon mientras contempla el cuerpo del que alguna vez había sido el fiscal de la ciudad “los enjuiciamientos de Harvey, todo por lo que peleó, deshecho. Nuestra oportunidad contra la mafia murió con su reputación. Le apostamos todo a él. El Guasón deshizo nuestro mejor elemento. La gente perderá las esperanzas”.
“No las perderá”, dice Batman. El cadáver de Harvey está tirado mostrando su perfil quemado y destrozado. El hombre murciélago gira la cabeza para que la parte de su rostro que no se había desfigurado quede a la vista. “No deben enterarse de lo que hizo. El Guasón no puede ganar. Gótica necesita a un héroe de verdad. O mueres siendo un héroe o vives lo suficiente para convertirte en el villano. Yo puedo hacer esas cosas”, se refiere a cargar con las muertes que Dent provocó ya siendo Dos Caras, “porque no soy un héroe, no como Dent. Yo maté a esa gente, yo puedo ser eso. Soy lo que Gótica necesita que sea”. Y concluye: “A veces la verdad no basta, a veces la gente se merece más. A veces la gente necesita que la premien por su fe”. 
Creer a veces resulta tanto más valioso que hacer. Pero a diferencia de cualquier dogma religioso, la fe en nuestro sistema se debe materializar con hechos concretos, caso contrario, se corre el riesgo de acabar en una bellum omnium contra omnes. Día a día, el Leviatán puede funcionar en un 99,9% de las veces en las que es puesto a prueba, pero si ese 0,01% es lo suficientemente perturbador, puede acabar con todo, salvo que la gente confíe en el Estado y en sus agentes. La defección de Dent era el 0,01% que rebalsaría el vaso. 
Vivir en sociedad no resulta fácil, ya lo hemos dicho. No solo debemos ceder libertades y aceptar toda una serie de reglas y disposiciones, también tenemos que creer en ellas. Y para creer, las instituciones tienen que dar respuestas. Si así no lo hicieran, si comenzáramos a combinar nuestros maletines con escopetas para resolver todo problema cotidiano que se nos presentara, la esencia del contrato social se rompería, la fe se quebrantaría y el sacrificio invisible de los miles de héroes anónimos (maestros, profesores, policías honestos, políticos responsables, médicos rurales) que luchan por nosotros en silencio sería fútil.



Para seguir leyendo

Hobbes, Thomas, Leviatán, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2004.


Para ver o volver a ver

Un día de furia (Falling Down), Dir. Joel Schumacher, Alcor Films, Canal+ y Regency Enterprises, 1993.

Batman inicia (Batman Begins), Dir. Christopher Nolan, Warner Bros. Pictures, 2005.

Batman: El caballero de la noche (The Dark Knight), Dir. Christopher Nolan, Warner Bros. Pictures, 2008.

Batman: El caballero de la noche asciende (Batman: The Dark Knight Rises), Dir. Christopher Nolan, Warner Bros. Pictures, 2012.

Repercusiones: Clarín, La Nación y Noticias

Repercusiones en la prensa gráfica de la presentación de Política ATP