Batman y el Leviatán Orden y caos en las sociedades modernas


William Foster es lo que podríamos denominar un oficinista modelo, esa clase de personaje que se multiplica como hormigas y con el que nos cruzamos los días laborables –o que incluso podemos ser nosotros mismos, aunque nos neguemos a admitirlo–: pelo cuidadosamente recortado, corbata negra al tono con el pantalón de vestir, anteojos con alguna remanencia retro, camisa blanca de mangas cortas y un par de biromes que sobresalen del bolsillo. La radical diferencia con lo que vemos en las calles de la City está en que, si esta subespecie de trabajador suele llevar un maletín en la mano derecha, Foster sostiene, además, una escopeta en la izquierda.



El personaje interpretado por Michael Douglas en la dignísima película de Joel Schumacher, Un día de furia (Falling Down) (sí, sí, el mismo director que casi arruina la franquicia de Batman con dos espantosos mamarrachos fílmicos –Batman Forever, y Batman y Robin– supo hacer cosas buenas), es como la bestia que todos llevamos dentro pero que mantenemos a raya por obra y gracia del autocontrol. Cansado de los problemas cotidianos, William (Michael Douglas) decide enfrentarlos a los escopetazos limpios.
El microcentro, el tránsito, la violencia, los empujones, las colas, el frío y el abrigo que después no sabemos dónde meter, el calor, el retraso del tren, los paros sorpresivos del subte, los motoqueros y sus zigzagueantes motos que salen de la nada a velocidades astronómicas, las lluvias que anegan el barrio, los jefes y sus humores, los empleados y los suyos, todos pincelazos de nuestra vida diaria que condicionan nuestra paciencia. ¿Cómo hacemos para no estallar? ¿Qué nos contiene de transformarnos en un William Foster más?
En principio, la respuesta lógica sería que no estamos tan locos, o que al menos nuestra locura no llega a esos extremos, por más que haya ciertos días en que creemos que nos acercamos a nuestro límite. ¿Entonces? Una vez más recurramos a los clásicos para tratar de encontrar una respuesta. En este caso, repasemos a Thomas Hobbes, el padre del contractualismo.
Hobbes fue un pensador inglés del siglo xvii que, entre otras cosas, escribió el Leviatán. Allí plantea que el Estado (representado justamente por esta figura bíblica identificada con Satanás) es producto de un contrato voluntario entre los ciudadanos y el poder que tiene por objeto garantizar la seguridad individual.
Antes de este pacto –grafica Hobbes– las relaciones entre los hombres se llevaban adelante en un “estado de naturaleza”. ¿Por qué el hombre decide arroparse en el seno de un monstruo bíblico para permanecer en aquel estado? Porque todas las relaciones humanas estaban atravesadas allí por la incertidumbre y el temor. Era un todos contra todos donde “cada hombre tiene la libertad de usar su propio poder como quiera para la conservación de su propia naturaleza, es decir, de su propia vida; y por consiguiente, para hacer todo aquello que su propio juicio y razón considere como los medios más aptos para lograr ese fin”. Por lo tanto, “si dos hombres desean la misma cosa, y en modo alguno pueden disfrutarla, ambos se vuelven enemigos, y en el camino que conduce al fin (que es, principalmente, su propia conservación, y a veces su delectación tan solo), tratan de aniquilarse o sojuzgarse uno a otro”.
Si ningún individuo reconoce la autoridad del otro ni de una institución que esté por encima de sus intereses, cualquier disputa, por pequeña que pueda parecer, va a ser una disputa con la posibilidad real de ser hasta la muerte. Allí no hay espacio para la construcción de un nosotros, porque apenas si hay lugar para la preservación de un yo.
Pero vivimos en sociedad, en parte gracias a ese contrato, aunque debemos pagar un precio. No podemos hacer lo que queremos cuando queremos. Cedemos algunas de nuestras libertades y a cambio solicitamos toda una serie de garantías de que la vida va a transcurrir por vías normales con cierta certidumbre. El que se encarga de asegurar esa normalidad es el Estado. ¿Qué determina lo normal? Esa pregunta es un tanto más difícil y engañosa, pero tenemos toda una serie de reglas, leyes y códigos que nos dan una pauta de comportamiento. Yo puedo bajarme del auto, subir al colectivo y darle una buena paliza al colectivero por su desconsiderada forma de manejar, pero si lo hago me tengo que atener a las consecuencias que la sociedad, por medio de sus instituciones, me imponga.
Actuamos de una determinada manera y esperamos que el otro se comporte de manera similar. Si no existieran estas pautas, la cosa podría resultar bastante siniestra, al menos para la mayoría. En el “estado de naturaleza” que utilizaba Hobbes como figura, los más fuertes se imponían sobre los débiles sin ningún tipo de reparo ni contención. El componente egoísta que todos tenemos dentro –en algunos más grande que en otros–, pasaba a ser el combustible de cada acción que se llevaba adelante. Si consideramos que el mundo de hoy es competitivo, imaginémonos cómo sería una lucha hasta las últimas consecuencias por un paquete de fideos.
Nuevamente, el cine nos sirve para graficar lo que queremos decir, en este caso la bellum omnium contra omnes (guerra de todos contra todos). Pensemos en películas donde el Estado, de un día para el otro, desaparece. En todas, está el factor común del “sálvese quien pueda”: Mad MaxLa guerra de los mundos (War of the Worlds)2012Impacto profundo (Deep Impact)28 días después (28 Days Later)Waterwold y la lista continúa. El cine está plagado de producciones que demuestran la fragilidad de nuestras instituciones, lo endeble de nuestra organización social y política, lo tenue de la frontera que divide el mundo organizado en el que creemos desarrollarnos, y la barbarie irracional y anárquica a la que tanto temor tenemos.


¿Y la moral? ¿Acaso no existen en el hombre valores intrínsecos comunes que lo unan, más allá de la amenaza de castigo, para que no reine la anarquía? Si esto fuera así, si la moral tuviera suficiente fuerza y consideración para reinar por sí misma, no necesitaríamos policía, leyes, tribunales ni ejército: no tendríamos necesidad del Estado, ni de la política. Pero lo necesitamos, casi como el agua, porque el mundo está lleno de amenazas.



En el universo de la última trilogía de Batman (Batman inicia [Batman Begins]El caballero de la noche [The Dark Knight]  y El caballero de la noche asciende The Dark Knight Rises]), se plantean estos mismos dilemas. Existe un orden que se ve amenazado por la incapacidad para brindar seguridad a los habitantes de Gótica, es decir, una de las partes  está dejando de cumplir el pacto. Desde las entrañas mismas del sistema, la mafia, como un tumor que se expande sin control, hace y deshace a su gusto. Pero a diferencia del cáncer, la mafia no tiene intención de eliminar al Estado, sino más bien busca transformarlo en un apéndice suyo. La mafia no quiere el fin del orden establecido, quiere un orden a su servicio.
Dentro de esta anormalidad, donde la corrupción es ley, descansa una racionalidad. Como veremos en el próximo capítulo, el crimen organizado funciona, en algún aspecto, como un gobierno paralelo. Tiene sus reglas, códigos, y actúa de forma tal que sus acciones encierran cierto nivel de previsibilidad (si delatás a alguien, sabés lo que te espera; si cruzás la frontera de influencia de tu familia, sabés lo que te espera).
Batman aparece en este escenario como una fuerza del orden. Vendría a ser como un refuerzo de glóbulos blancos para luchar contra la infección pero que, sin embargo, no pretende remplazar al sistema inmunológico. Es un personaje extraordinario para un momento extraordinario. No intenta suplir las instituciones, al menos, no eternamente.
Nolan, director y uno de los guionistas de la saga, va a construir esta paradoja del guardián del orden perseguido por el mismo orden que intenta proteger, con una escena de la mejor de las tres películas y que usaremos a partir de ahora como base: El caballero de la noche.
Rachel (el amor imposible de Bruce Wayne, interpretada en esta película por la algo insulsa Maggie Gyllenhaal), Harvey Dent (Aaron Eckhart, el mismo de Gracias por fumar [Thank You for Smoking]) Bruce Wayne (Christian Bale) y su pareja de turno, Natasha, primera bailarina del ballet de Moscú, se encuentran casualmente en uno de los restaurants de Wayne. Natasha está intrigada por los niveles de violencia que ve en Gótica y se pregunta cómo es posible que se idolatre a un vigilante enmascarado.
“Aquí nos enorgullecemos de un ciudadano valiente”, responde Dent, a lo que la bailarina le retruca: “Necesitan funcionarios héroes como usted, no un tipo superior a la ley”.
Acá comenzamos a ver el hilo conductor de la motivación y, al mismo tiempo, la carga emocional que implica para Wayne ser un vigilante enmascarado. No es un funcionario ni está atado a ninguna legalidad. Es más, sus acciones son contrarias al principio básico del Estado que Max Weber, sociólogo alemán de finales del siglo xix y principios del xx, reconocía: el monopolio del uso legal de la fuerza. 
Wayne interviene, como quien quiere despistar cualquier indicio de su identidad secreta, “Exacto, ¿quién nombró a Batman?”. “Todos los que dejamos que la escoria se adueñara de la ciudad”, contesta Dent, “pero esto es una democracia”. Natasha parece algo indignada, lo que causa cierta curiosidad si se tiene en cuenta que su madre patria es regida a gusto por Vladimir Putin y Dmitri Medvédev.
“Cuando había enemigos en sus puertas (Dent no se va a dejar vencer), los romanos suspendían la democracia y nombraban un protector. No era un honor, era un servicio público”.
Rachel se incorpora a la charla haciendo uso de toda su artillería de conocimientos históricos y aporta: “El último hombre nombrado para proteger a la república fue César y nunca cedió su poder”.
“Bueno, está bien. O mueres siendo un héroe o vives lo suficiente como para volverte el villano. Sea quien sea Batman, no va a querer hacer esto toda su vida, Batman quiere que alguien ocupe su lugar”.
¿Cómo responder a situaciones extraordinarias que amenazan al sistema? Cuando una sociedad vive un hecho traumático que amaga con destruir este contrato social hobbesiano, en algún rincón surgirá la búsqueda del orden y la justicia como un intento de volver a los cauces anteriores. Pero esa búsqueda no siempre se regirá por los parámetros de la antigua normalidad.
Por supuesto que Batman quiere que alguien ocupe su lugar. Él lucha por las instituciones, por un orden, pero se ve a sí mismo como un parche, y no pretende que lo piensen diferente. Quiere causar temor, pero solo porque en su mente esa es la única forma de que lo tomen en serio. Aunque, al mismo tiempo, no mata, no dispara y siempre entrega a los malos a Gordon, es un agente del Leviatán que actúa paralelo a este.
Batman quiere salir de su rol parapolicial y necesita que el Estado recupere sus atribuciones. ¿Quién es el Estado? Harvey Dent. Él sí fue elegido para eso. Lo que sucede es que Dent tiene la legitimidad y el carisma, pero no tiene la fuerza para oponerse a los otros.
La amenaza a la legalidad y al orden es tan brutal y demencial que las fuerzas tradicionales, en parte porque están viciadas de corrupción por la infiltración en la fuerza policial o, porque aquellos que no están viciados padecen de cierta ineptitud o directamente miedo, no tienen la fuerza suficiente como para hacer frente al caos.
Caos. Hemos dado con la segunda tecla mágica del Caballero. La mafia no es el único enemigo con el que debe lidiar Batman ni tampoco el más peligroso. En esta película, quien se roba la atención es lo anormal, aquello que no puede pensarse como posible y que termina sucediendo. Gótica se enfrenta a un crimen organizado y a otro desorganizado y caótico, el gobierno del sin gobierno. ¿Y quién es el rey aquí? El perro que persigue al auto, el hombre de las cicatrices de orígenes inciertos, el villano cinematográfico mejor logrado de nuestro siglo: el Guasón. Jack Nicholson, no tenemos nada contra usted, no se lo tome como algo personal, pero Heath Ledger le pasó el trapo. Si Batman es un agente del Leviatán, el Guasón será un agente del “estado de naturaleza”.
Volvamos a la película. Dent ya está en el hospital luego de que Batman le ha salvado la vida en el último segundo, pero a costa de que Rachel volara por los aires. El Guasón, disfrazado de enfermera, se sienta a su lado. Quiere limar asperezas, dejar los resentimientos a un lado. Finalmente, dice, cuando los secuestraron, él estaba en la comisaría de Gordon. “Tus hombres, tu plan”, responde el convaleciente Dent al que ya vemos que comienza a dejar al fiscal a un lado para transformarse en Dos Caras.
“¿Te parezco un tipo que tiene un plan?”, le contesta el hombre de la sonrisa eterna. “¿Sabes lo que soy yo? Soy un perro persiguiendo autos. ¡No sabría qué hacer si agarrara uno! Sabes, yo solo hago las cosas. La mafia tiene planes, la policía tiene planes, Gordon tiene planes. Son estrategas, estrategas tratando de controlar sus pequeños mundos. Yo no soy un estratega. Yo intento mostrarle a los estrategas lo ridículos que son sus intentos de controlar las cosas”.
Y sigue: “Los estrategas te pusieron donde estás. Tú eras un estratega, tenías planes y mira donde te llevó todo eso. Yo solo hice lo que hago mejor, tomé tu pequeño plan y lo di vuelta. Mira lo que le hice a esta ciudad con un poco de gasolina y unas balas. ¿Sabes lo que he notado? Nadie se aterra cuando las cosas salen de acuerdo con lo planeado, aun si el plan es horroroso. Si mañana le digo a la prensa que un criminal va a morir o un camión con soldados va a explotar, nadie entra en pánico porque todo es parte del plan. Pero cuando digo que un pequeño alcalde morirá, bueno, ¡todo el mundo pierde la cabeza! Altera el orden establecido y todo se transformará en caos. Soy un agente del caos y ¿sabés qué es lo especial del caos? Es justo”.
Este capítulo debería ser una trascripción del guion entero de la película, debido a su genialidad, pero calculo que tendríamos algún problema con los derechos de autor.
El Guasón solo ve lo que quiere ver. No lo podemos castigar por eso, por la sencilla razón de que está loco –y como todo loco peligroso, es impredecible, actúa sin tener un objetivo claro en el horizonte–, pero además miente. El caos es tremendamente injusto, no hay lugar para los débiles en él. No hay quien proteja a aquellos que no pueden protegerse. La sociedad civil, si el orden cae, tratará de restaurar nuevamente alguna clase de equilibrio, porque no podemos concebir una vida en sociedad sin un compendio que recapitule aquellos comportamientos que toleramos y aquellos que no, ni un aparato institucional que se encargue de que esto se cumpla.
¿Todo orden es justo? No, claramente, no. Los argentinos conocemos de órdenes injustos, pero también aprendimos que para cambiarlos no debemos buscar la solución en el caos porque allí se esconden los sádicos, los asesinos y los irresponsables. 
Pero en su locura, el personaje de Ledger nos acerca una verdad: todo sistema tiene una cuota de injusticia que lleva a que algunos se beneficien más que otros. La libertad nos brinda las mismas posibilidades a todos, pero esa misma libertad hace que algunos vivan mejor que otros, ya sea por propia capacidad, herencia o simple suerte. Si prima la igualdad, entonces todo tu esfuerzo, trabajo y sacrificio no siempre te va a llevar tan lejos como podría.
El Leviatán tendrá entonces el fundamental rol de la búsqueda de equilibrios y consensos para que el orden en el que vivimos sea lo menos injusto posible. Deberá garantizar la seguridad, pero también tendrá que velar por un régimen fiscal progresivo, salud, educación y un largo etcétera. El estado de naturaleza está lejos de garantizar alguna de estas cosas, está lejos de garantizar nada, salvo la supervivencia del más fuerte. Batman es consciente de esto y está dispuesto a sacrificarse por sus ideas. 
En los últimos minutos de la película, vemos que Harvey Dent, imbuido de lleno en la locura, ahora es Dos Caras. En busca de venganza, secuestra a la familia de Gordon. Busca algún principio de justicia, de equilibrio. Quiere ver morir a los seres queridos de Dent para que sufra lo que él sufrió. “No importa lo que yo quiera”, dice, “es sobre lo que es justo. Creías que podíamos ser hombres decentes en tiempos indecentes, pero estabas equivocado. El mundo es cruel y la única moralidad en un mundo cruel es el azar. Imparcial, sin prejuicios, justo”.
Harvey perdió todo, siguió las reglas, se enfrentó a la oscuridad hasta que terminó siendo absorbido por esta. El Guasón lo eligió a él porque sabía que era el punto fuerte de la cadena, la representación de lo correcto, de la ley y el orden. Si esta figura caía, todo caería detrás. El simbolismo de su fracaso y de su paso al lado oscuro era el empujoncito final que la locura necesitaba para hacerse con toda la ciudad.
Dent compró la seguridad que le brindaba el contrato social. Aún más, era su máximo representante. A él le dijeron: “todo va a salir bien”, y confió en que todo sería así. Cuando le fallaron, y la anarquía pareció por un segundo ser la ganadora, surgió Dos Caras, la representación de que hasta el más creyente puede perder la fe.
En la situación extraordinaria en la que se encontraba Gótica, en aquella disputa entre el orden y el caos, Dent era una víctima inadmisible. Batman lo debe matar para salvar al hijo de Gordon, pero el cadáver tendido en el suelo aún tiene poderes, todavía puede significar algo, a expensas de un último sacrificio.
“El Guasón ganó”, dice Gordon mientras contempla el cuerpo del que alguna vez había sido el fiscal de la ciudad “los enjuiciamientos de Harvey, todo por lo que peleó, deshecho. Nuestra oportunidad contra la mafia murió con su reputación. Le apostamos todo a él. El Guasón deshizo nuestro mejor elemento. La gente perderá las esperanzas”.
“No las perderá”, dice Batman. El cadáver de Harvey está tirado mostrando su perfil quemado y destrozado. El hombre murciélago gira la cabeza para que la parte de su rostro que no se había desfigurado quede a la vista. “No deben enterarse de lo que hizo. El Guasón no puede ganar. Gótica necesita a un héroe de verdad. O mueres siendo un héroe o vives lo suficiente para convertirte en el villano. Yo puedo hacer esas cosas”, se refiere a cargar con las muertes que Dent provocó ya siendo Dos Caras, “porque no soy un héroe, no como Dent. Yo maté a esa gente, yo puedo ser eso. Soy lo que Gótica necesita que sea”. Y concluye: “A veces la verdad no basta, a veces la gente se merece más. A veces la gente necesita que la premien por su fe”. 
Creer a veces resulta tanto más valioso que hacer. Pero a diferencia de cualquier dogma religioso, la fe en nuestro sistema se debe materializar con hechos concretos, caso contrario, se corre el riesgo de acabar en una bellum omnium contra omnes. Día a día, el Leviatán puede funcionar en un 99,9% de las veces en las que es puesto a prueba, pero si ese 0,01% es lo suficientemente perturbador, puede acabar con todo, salvo que la gente confíe en el Estado y en sus agentes. La defección de Dent era el 0,01% que rebalsaría el vaso. 
Vivir en sociedad no resulta fácil, ya lo hemos dicho. No solo debemos ceder libertades y aceptar toda una serie de reglas y disposiciones, también tenemos que creer en ellas. Y para creer, las instituciones tienen que dar respuestas. Si así no lo hicieran, si comenzáramos a combinar nuestros maletines con escopetas para resolver todo problema cotidiano que se nos presentara, la esencia del contrato social se rompería, la fe se quebrantaría y el sacrificio invisible de los miles de héroes anónimos (maestros, profesores, policías honestos, políticos responsables, médicos rurales) que luchan por nosotros en silencio sería fútil.



Para seguir leyendo

Hobbes, Thomas, Leviatán, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2004.


Para ver o volver a ver

Un día de furia (Falling Down), Dir. Joel Schumacher, Alcor Films, Canal+ y Regency Enterprises, 1993.

Batman inicia (Batman Begins), Dir. Christopher Nolan, Warner Bros. Pictures, 2005.

Batman: El caballero de la noche (The Dark Knight), Dir. Christopher Nolan, Warner Bros. Pictures, 2008.

Batman: El caballero de la noche asciende (Batman: The Dark Knight Rises), Dir. Christopher Nolan, Warner Bros. Pictures, 2012.

Repercusiones: Clarín, La Nación y Noticias

Repercusiones en la prensa gráfica de la presentación de Política ATP




Repercusiones: Agenda Política

Gustavo Marangoni presenta su libro “Política ATP”


Gustavo Marangoni
Presidente del  Banco Provincia y una de las piezas esenciales del dispositivo político de Daniel Scioli, en Gustavo Marangoni convergen los rasgos del intelectual y el hombre de acción y gestión. El lunes 13 de mayo Marangoni presenta en la Feria del Libro Política ATP,
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Repercusiones: Terra TV


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Bailando por un reino. Acerca de la política como espectáculo


Hollywood tiene sus fetiches, ama las biopics –especialmente si relatan historias de superación personal– y le fascinan los musicales. Además, está hechizada por la Segunda Guerra Mundial. Este conflicto bélico, el más sangriento de la humanidad, ha funcionado como un faro para la meca del cine, prácticamente desde el día que Alemania invadió Polonia. Arriesguemos una hipótesis acerca del porqué de este enamoramiento: los malos –léase el nacionalsocialismo, el fascismo y el Imperio japonés, pero sobre todo quedémonos con los dos primeros– representan la antítesis de la autopercepción estadounidense sobre sus propios valores.
Los nazis se creían superiores, no solo a nivel ideológico, sino especialmente por su condición racial. Excluían y asesinaban sin tapujos a los opositores y arrasaron y exterminaron a naciones enteras; crearon métodos sistemáticos para el asesinato en masa y albergaron en sus filas a corruptos, locos y mesiánicos. En fin, convengamos que los muchachos hicieron méritos suficientes para que la historia los recordara como los villanos perfectos.
 En todo relato, también debe haber un héroe y, si no hilamos demasiado fino y dejamos a un lado los bombardeos incendiarios, los gulags y las bombas atómicas, veremos que los aliados construyeron un mito bastante acertado de su labor entre 1939 y 1945 y en el que Hollywood tuvo mucho que ver. Desde el minuto uno, los estudios de Los Ángeles trabajaron incansablemente para reducir la guerra a una relación binaria: malos muy malos contra buenos muy buenos.
 Por ejemplo, El discurso del rey (The King’s Speech) es una película que tiene casi todos los componentes que la Academia prefiere. No es una película bélica, es verdad, pero está ambientada en los años previos a la Segunda Guerra, y su momento cúlmine transcurre en los primeros días del conflicto, cuando Londres esperaba el inminente desenlace, la tormenta.



La ciudad es retratada expectante, casi ansiosa por lo que vendrá. No hay tiros, pero El discurso tiene todo lo demás: un hombre que parecía estar predestinado a ser un eterno segundón y que, por gracia del destino, se convierte en el líder de una nación necesitada de guía; una minusvalía física que es superada con la ayuda de un terapeuta poco ortodoxo y, de telón de fondo, los nazis revoloteando.
 Jorge VI, el protagonista del film, caracterizado fenomenalmente bien por Colin Firth, vive a la sombra de su padre, Jorge V, como el segundo en la línea sucesoria, lo que significa algo así como ser el tercer arquero de un equipo de fútbol: existe la remota posibilidad de atajar, pero en general nunca se da. Bueno, Jorge entró a jugar en medio de un River-Boca, perdiendo dos a cero, con un penal en contra y tuvo la capacidad de dar vuelta el resultado.
 Su hermano, Eduardo VIII, había asumido la corona al fallecer el rey, en enero de 1936, pero en diciembre de ese mismo año, abdicó para casarse con Wallis Simpson, una plebeya estadounidense que, como frutilla del postre, era divorciada. Al prohibir la ley británica tal unión, Eduardo prefirió dar un paso al costado para pasar el resto de su vida con Simpson –y si no fuera porque ambos tenían cierta simpatía hacia el nacionalsocialismo, su historia, que el cine también ha reflejado en un par de películas, sería un clásico cuento de hadas–.
 Así, Jorge VI entró a la cancha. Solo tenía un pequeño problema: era tartamudo. Si esta misma historia hubiera ocurrido a mediados del siglo xviii, la tartamudez hubiera sido solo un detalle anecdótico, conocido únicamente por eruditos de la realeza británica. Pero a finales de la década del treinta, los medios de comunicación, y sobre todo la radio, tenían una influencia en la vida cotidiana cada vez mayor. Por esa razón, Jorge, incluso antes de ser Jorge VI, decide ir a un especialista, Lionel Logue (Geoffrey Rush), para curar esa afección.
 Obviamente, después de algunas idas y vueltas, de abandonos, decepciones, semitraiciones y demás condimentos obligatorios para este tipo de film, Jorge alcanza cierta mejoría. Es decir, con cierta dificultad, puede hablar de corrido, algo que para varios políticos contemporáneos es una hazaña difícil de alcanzar.
 Entonces llega el día. Londres le declara la guerra a Berlín y el rey tiene que comunicarse con su pueblo. Debe transmitirle seguridad, calma y confianza, atributos que son más fáciles de comunicar si uno no tartamudea.
 Allí está el rey, en la antesala de lo que será el discurso más importante de su vida, el primer discurso de una nación en guerra. Practica una y otra vez las partes más complicadas. Logue lo incentiva, lo acompaña en cada párrafo. Pero Jorge se equivoca constantemente hasta que explota: “Si soy rey, ¿dónde está mi poder? Puedo… ¿Pu… pu… Puedo formar gobierno? ¿Pu… pu… Puedo… subir los impuestos? ¿Declarar la guerra? ¡No! Aun así soy… soy… soy la base de toda autoridad. ¿Por qué? Porque la… la… la nación cree que cuando hablo, hablo por ellos. Pe… Pe… Pero no puedo hablar”.
A finales de la década del treinta, cuando los hogares del mundo eran conquistados por la radio, la palabra era un recurso valiosísimo. De allí la desesperación de este rey cuya única labor verdadera era la de funcionar como un símbolo y, como tal, no podía darse el lujo de tartamudear, de mostrarse débil. Ningún símbolo puede ser débil.
 La película refleja la importancia de los medios en la época cuando el rey incorpora la novedad de la radio para hacer masivo su saludo de Navidad. Sabiendo las dificultades de su hijo, lo hace sentarse frente al micrófono: “Siéntate bien, erguido. Míralo de frente (al micrófono), como buen inglés. Que sepa quién está al mando”. El bueno de Firth en el papel de Jorge, cuyos problemas emocionales deberá solucionar con su psicólogo, le responde que no puede leer eso, a lo que el rey, sin un atisbo de paciencia o consideración paternal, le retruca: “Esta cosa endiablada cambiará todo si no puedes. Antes bastaba con que un rey usara uniforme y no se cayera del caballo, ahora debe invadir las casas y congraciarse con todos. Esta familia se ha reducido a esas bajas criaturas, ahora somos actores”. “Ahora somos una ‘firma’”, responde resignado el hijo, “y podemos quedarnos sin trabajo”, cierra el padre.
La pregunta que deberíamos hacernos es si hoy en día el rey podría sortear su incapacidad para hablar de corrido hasta transformar su falencia en una virtud. En la era de la imagen, si el tipo tiene pinta o si se convierte en un personaje singular, el hecho de tener una presencia acorde con lo que la televisión requiere resulta ser tan crucial como en su momento lo fue la voz para la radio. ¿O alguien le conoce la voz al príncipe William?
  Durante la Segunda Guerra Mundial, las alternativas de la gente para conocer lo que estaba sucediendo o para relacionarse con sus líderes estaban mucho más limitadas, y la radio era una de las vías más importantes. De allí la importancia de poder escuchar a su rey. Pero en la actualidad, ese mismo público ve.
 En 1960 se televisó por primera vez un debate presidencial en los Estados Unidos y, más que nunca, la sentencia de Jorge V sobre la importancia de la condición de actor de todo representante público cobra en este contexto un valor superlativo.
Por el partido demócrata, se presentaba el joven y buen mozo miembro de una familia tradicional católica irlandesa: John Fitzgerald Kennedy. Por los republicanos, un también joven pero indudablemente rancio Richard Milhouse Nixon. El primero se mostró tranquilo y sereno, como pez en el agua. Ante la pantalla, se expuso como un galán de Hollywood, bronceado y de sonrisa perfecta. Nixon era Nixon.



 En la película Frost/Nixon, se desarrolla un diálogo que hace referencia a ese debate. Frank Langella, que interpreta al expresidente norteamericano, antes de comenzar la primera entrevista con Frost (Michael Sheen, el Tony Blair de La Reina [The Queen]) le comenta que había perdido aquella elección presidencial, porque durante la transmisión, debido al calor de las luces, el país lo había visto sudar constantemente ante las cámaras y, para evitar nuevamente ese error, a partir de aquel momento, siempre llevaba un pañuelo para secarse la transpiración excesiva durante las entrevistas.
 En cuanto al tartamudeo, en la actualidad, si uno puede controlarlo y transformarlo en una característica propia, no te quita de la cancha. Pero es más difícil manejar otro tipo de circunstancias en cuanto a lo gestual. Si en un debate uno se muestra perdido, buscando la cámara, pifiándole a la salida y confundiendo el nombre de la esposa del conductor al mandarle un saludo, bueno, esa es una imagen que ningún discurso, palabra, ni golpe sobre la mesa pueden equilibrar.
 En nuestros países faltos de monarquía, los presidentes ocupan el espacio de la realeza, no tanto por el tipo de autoridad que detentan, sino porque tienen que constituirse en símbolos. Ser símbolo no significa perder las facultades ejecutivas, sino convivir con ellas al mismo tiempo que se trabaja en la imagen y la palabra. El ritual es importante, diría el Principito. Y si el personaje de Saint-Exupéry hubiera vivido en esta época, además de tener Facebook, diría que el ritual es exponencialmente importante.
Todo poder conlleva una cuota de elementos simbólicos que deben resguardarse como el poder mismo. No me refiero solo a la Corona y el Cetro, sino también a las imágenes y retratos oficiales del Presidente o del Primer Ministro –que están sutilmente pensados–, la arquitectura simbólica de dónde se hospeda quien ejerce el poder, su vestuario, su ornamentación, las palabras que usa, la manera en la que saluda, los gestos que hace, la sonrisa que esboza.
 Dick Morris, asesor político estadounidense conocido principalmente por su trabajo con Bill Clinton, escribió en El nuevo príncipe que un gobernante no puede caer por debajo del 50% en las encuestas de imagen positiva. Si así lo hiciera, los problemas irían más allá del ego del político; los problemas se trasladarían al plano gubernamental. Porque sin el apoyo del electorado se hace difícil formar gobierno, dictar política económica, política exterior y un largo, largo etcétera.
 Por ello, el líder deberá estar todo el tiempo pendiente de mantenerse fiel al personaje que se creó para llegar adonde llegó, porque todo el tiempo lo estarán observado, estudiado y juzgando. Piénsenlo un minuto: ¿hay un nombre público más mencionado por el ciudadano común que el de su presidente?
 Volviendo a El discurso del rey, para Jorge el problema era su tartamudez, y para el político contemporáneo, serán todas las inconveniencias relacionadas con su imagen. El cuidado del acting debe ser permanente. Al igual que el rey cuando decía que hablar era su obligación, los presidentes tienen que componer muy bien su propia caracterización presidencial para que la ciudadanía los elija, esa será su obligación.
 La película Frost/Nixon termina con una sentencia implacable de Nixon. Luego de humillarlo en la entrevista, Frost va a visitar al expresidente a su casa de San Clemente para agradecerle y despedirse y, además, aprovecha la reunión para darle como obsequio un par de mocasines que Nixon le había halagado.
El presidente interpretado por Langella aparta de la reunión al que había sido su entrevistador y, luego de preguntarle por las fiestas que solía hacer el conductor, realiza una confesión que describe perfectamente la relación contemporánea entre política, popularidad e imagen: “No tienes idea de lo afortunado que eres, al querer a la gente, al ser querido, tener esa facilidad, esa ligereza, ese encanto, yo no lo tengo. Nunca lo tuve. Eso te hace preguntarte, ¿por qué elegí una vida en la que debes ser querido? Me va mejor una vida de ideas, debates, disciplina intelectual. Creo que nos equivocamos, tu deberías ser político y yo, un agresivo entrevistador”.
Nuestro presente marca que la doxa prima por sobre la episteme –la opinión importa mucho más que el conocimiento–. Probablemente tus posibilidades disminuyan seriamente si tenés un aspecto descuidado, si poseés un modo irritante de relacionarte o si carecés de la capacidad de síntesis para expresar una idea en tiempos adecuados para la televisión.
 Vivimos en una época adicta a la crocancia y al burbujeo. Si no cruje al masticarlo, no sirve. Si no tiene burbujas al beberlo, es insulso. Suena casi irónico, pero los alimentos –o las sustancias comestibles para no presuponer nutrición– con estas características generan adicción. Por eso, le pedimos a los que gobiernan que tengan el mismo crujir y las mismas burbujas que un conductor de televisión, porque nos volvimos adictos a estas características, las necesitamos, las buscamos en cualquier lugar. Los símbolos se construyen, en parte, sobre los requerimientos de la población, así que ¡a crujir y burbujear se ha dicho! ¡A construir la necesidad de que se te escuche y se te vea!
 El viejo político de la época de la imprenta, el de los discursos legislativos, el del hablar sereno y pausado, el viejo sabio ya no encaja. Si nos transladáramos a la actualidad, el rey Jorge, debería estar preocupado más que por su problema de tartamudez, por cómo da en televisión. Al fin y al cabo, con una pizca de carisma, un toque de baile, algún romance mediático, cierta tapa de revista ya puede salir un símbolo moderno sobre el que Hollywood podrá filmar el musical que tanto le gusta. ¿Les parece un título adecuado Bailando por un reino?

Para seguir leyendo

Morris, Dick, El nuevo príncipe, Buenos Aires, Editorial El Ateneo, 2002.


Para ver o volver a ver

El discurso del rey (The King’s Speech), Dir. Tom Hooper, The Weinstein Company y UK Film Council, 2012.

Frost/Nixon, Dir. Ron Howard, Universal Pictures, Imagine Entertainment y Working Title Films, 2008.

Repercusiones: Nota en el estadista.com

Un libro original y recomendado para todo público

(Reseña escrita por Luis Tonelli)

El autor propone un paseo por los clásicos de la teoría política a través de distintas escenas de películas muy recordadas
“Una buena película es como la vida, pero sin las partes aburridas”, dijo alguna vez Alfred Hitchcock. Y en nuestras hiperexcitadas vidas consumistas el aburrimiento hace estragos en lo que concierne a los procesos de aprendizaje que demandan una atención un tanto más profunda que el reflejo pavloviano de ver para querer.

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A Hitler lo mató el entorno. La influencia sobre El Príncipe



Todos tenemos nuestra historia con taxistas y todo taxista debe tener una historia con algún pasajero. Al convivir permanentemente con un flujo constante de variopintas personalidades que se van sentando una tras otra en el mismo espacio a centímetros de distancia de sus espaldas, además de generar un enorme sentido de la paciencia en los conductores o, en el otro extremo, volverlos terriblemente irritables, aumentan las posibilidades estadísticas de que los tacheros sean los que tengan las anécdotas más interesantes, pero bueno, esta vez le toca a uno de ellos ser la estrella.
Hace unos años, me tomé uno de estos autos negros y amarillos cerca de mi casa para ir a ya no recuerdo dónde. Al pasar por la puerta de un cine, un enorme cartel de La caída (Der Untergang, o su título internacional en inglés, Downfall) llamó la atención del hombre que manejaba, quien, como suelen hacer, entabló unilateralmente una conversación.
“Después de diez años sin ir al cine”, comenzó “llevé a la patrona (sic) a ver esa película de Hitler”. “¡Ajá!”, ensayé como única respuesta. No suelo ser un hombre que rehúya al diálogo, pero ese día, tal vez previendo un tema espinoso, preferí atenerme a escuchar y nada más.
“Bien, interesante”, prosiguió el chofer, “de la película surge claramente que lo que lo mató fue el entorno”.


No me pidan respuesta porque no creo haber dado ninguna. El comentario me dejó bastante desconcertado, ya que yo había visto la misma película unos días antes y el mensaje que me transmitió estaba a años luz del que le había dejado a él.
La Caída cuenta los últimos días de Adolf Hitler al frente de la Alemania nazi. Con los rusos en la puerta de Berlín, Hitler se refugió en su búnker cercano a la Cancillería junto a los que quedaban de su círculo íntimo. Desde ahí, manifestó los últimos atisbos de locura de su régimen: planificó contraataques con unidades imaginarias, ordenó una resistencia civil hasta las últimas consecuencias, inventó escuadrones aéreos y terminó su raid casándose con Eva Braun para, luego de matar a su perro, suicidarse junto a su efímera mujer.
La película, en parte basada en los relatos de una de las secretarias privadas del austríaco, Traudl Jung, hace foco no solo en el dictador, sino que, a medida que el relato va ingresando en la desesperación de la lucha a muerte que se estaba viviendo afuera del refugio, las personas que compartieron esos momentos finales cobran un protagonismo mayor.
Cuando ya todo estaba decidido y lo único que aún mantenía un leve interrogante era la velocidad en la que el final llegaría, el séquito manifiesta sus características con una sinceridad que solo puede aflorar al saberse acabado.
Los generales temerosos de decir la verdad se subsumían en el miedo; los lugartenientes acólitos como Goebbels, el ministro de propaganda, y su mujer, Magda, llevaban su incondicionalidad al extremo de quitarle la vida a sus seis hijos antes de suicidarse ellos mismos para que ninguno cayera en mano de los soviéticos; los que aún poseían un sesgo de cordura huían; los arribistas también escapaban, pero para mantener algún porcentaje de poder que solo existía en sus cabezas, como Heinrich Himmler, el líder de las SS, quien al comienzo de la película huye hacia el oeste con la intención de firmar una paz por separado con los norteamericanos y así transformarse, en su retorcida imaginación, en una pieza clave en el armado geopolítico de posguerra.
Ese heterogéneo grupo que rodeaba a Hitler fue como un reflejo deformado y exagerado de lo que sucede en cualquier sistema político. Para adentrarnos en los mecanismos que producen relaciones de poder en un gobierno, no solo debemos realizar un trazado institucional que explique el funcionamiento formal de los complejos burocráticos del Estado, sino que, sobre todo, hay que poner la lupa en la vida interior de esos “elefantes”.
Allí dentro, encontraremos una lógica de relacionamiento muy particular que posee sus propios códigos: los círculos áulicos. Las personalidades de sus componentes, las peleas, alianzas y traiciones de los que rodean a los que gobiernan nos pueden ofrecer un análisis más realista de cómo y por qué se hace lo que se hace.
Estas cortes palaciegas existen más allá de las características propias del régimen. Los hubo en Roma, en el Imperio mongol, en la Edad Media, en los sistemas parlamentarios, presidencialistas, dictatoriales y autoritarios. Siempre que haya alguien que dirige, hay un equipo que, detrás, obedece.
Pero esa obediencia viene acompañada de luchas intestinas de las cuales no siempre estamos enterados y que, sin embargo, tienen una relevancia superlativa para que las políticas salgan a la luz o desaparezcan para siempre en un halo de misterio. Ya sea para ganar una guerra, para implementar un programa impositivo o simplemente para generar un soporte emocional, las luchas dentro del mismo riñón son búsquedas personales de poder. ¿Obtener poder para hacer qué? La respuesta a esa duda no es ni uniforme ni clara.
Volvamos a la película de Los Simpson y a Cargill. La familia amarilla se acaba de escapar del domo, y la cabeza del EPA llega tarde para evitar la fuga, por lo que le pide a uno de los agentes que lo acompaña que inicie la búsqueda para regresarlos al sitiado pueblo: “Para que nadie más escape, quiero escuadrones de la muerte en el perímetro las 24 horas. Diez mil hombres rudos y diez mil débiles para que los rudos parezcan más rudos y quiero que se formen así: rudo, rudo, débil, rudo, débil, débil, rudo, rudo, débil, débil, rudo, débil”. 


Ante la incoherencia del discurso, el agente que recibe las órdenes reafirma lo que se ve a simple vista: “Señor, me temo que el poder lo ha enloquecido”. “Claro que sí”, le contesta Cargill, “trate de enloquecer sin poder, nadie le hace caso”.
Ya vimos en el capítulo anterior cómo la influencia y ambición de los cargills puede llevar fácilmente al desastre. Pero los asesoramientos también están llenos de subjetividades, miedos y temores. Cargill parecía muy seguro y confiado en lo que se debía hacer y en el cómo hacerlo, pero ¿y si Cargill se hubiera tenido que enfrentar a otros de su calaña? ¿Si la torta de poder en juego hubiera sido ambicionada por muchos para lograr que la locura fuera acompañada por obediencia? ¿Cuándo hablar y cuándo callar ante el gobernante? ¿Hasta dónde ceder las propias creencias en pos de un proyecto colectivo? ¿Desafiar una postura equivocada, siendo consciente del error, o callar y aguardar a que decante sola? ¿Enfrascarse en una lucha a muerte para escalar posiciones o esperar sentado a que tu buen trabajo traiga frutos que tal vez nunca lleguen?

En la película –un reflejo bastante fidedigno de lo que realmente pasó–, ninguno de los generales de Hitler le quería decir que ya todo estaba perdido, que ningún ejército los podría salvar, que la lucha hasta el final era condenar al pueblo que lo había llevado hasta allí a una muerte lenta y espantosa. El miedo al poder puede resultar muy contraproducente para sortear situaciones de extrema tensión y conflicto.
El cine también ha reflejado estos contextos que rodean a la toma de decisiones en un régimen democrático, donde se presupone que el diálogo puede llegar a primar por sobre la decisión unilateral del que manda. Pero la cosa no resulta ni tan lineal ni tan fácil de resolver.
Trece días (Thirteen Days) relata lo que se conoció como la crisis de los misiles, probablemente el momento de la historia en que el mundo más cerca se encontró de una guerra nuclear.


En 1962, la Unión Soviética comenzó a construir bases de misiles en Cuba desde donde podría lanzar perfectamente un ataque nuclear a Estados Unidos. Gracias a las fotografías de un avión espía, los norteamericanos se enteran del asunto y comienzan a discutir cuál será el plan de acción indicado para detener la amenaza antes de que las bases estén completamente operativas. Las opciones eran tres: un ataque aéreo preciso sobre la zona de las bases, bombardear e invadir la isla o, por último, mantener abierto y activo el canal diplomático para convencer a los rusos de que cesaran en sus intentos de meter misiles nucleares a solo unos pocos kilómetros de distancia del estado de Florida.
La película se centra en, obviamente, los trece días que duró el conflicto y los “combates” que se vivieron dentro de la Casa Blanca para decidir cuál era la mejor manera de actuar. Al igual que en el Boca de Veira, aquí también había halcones y palomas.
Los militares eran los más extremistas, querían sangre y la querían ya. El presidente Kennedy (interpretado por Bruce Greenwood) dudaba. Venía de la experiencia de Bahía de los Cochinos, una invasión frustrada a Cuba liderada por exiliados cubanos apoyados en pertrechos y entrenamiento militar estadounidense. Ese recuerdo del fracaso y las imágenes de los anticastristas masacrados aún estaban demasiado frescos.
Sin embargo, la opción diplomática se presentaba lenta y proclive a verse como una muestra de duda por parte del gobierno ante la mojada de oreja que los rusos habían llevado adelante en el mismísimo patio trasero de Estados Unidos.
Ante este escenario de suma cero, JFK, junto con su hermano y Fiscal General, Bobby (Steven Culp) y el asistente multiuso del presidente, Kenneth O’Donnell (Kevin Costner), deciden como primera medida realizar una cuarentena alrededor de la isla para impedir la entrada de todo buque. De esa manera, esperaban detener la construcción de las bases y obligar a los rusos a sentarse a conversar.
Sin embargo, uno de los barcos rusos logró traspasar la cuarentena que habían instalado las naves de guerra estadounidenses y, como aditivo para mantener el suspenso y tensión en la historia, no contestó ninguno de los llamados por radio. ¿Qué hacer? Los militares querían actuar de acuerdo con su entrenamiento, es decir, disparando. El almirante a cargo de la respuesta ordenó al personal del barco de guerra que perseguía a los rusos que se pusiera en posición de combate.
El Secretario de Defensa, Robert MacNamara (Dylan Baker), quien luego del magnicidio de Kennedy seguiría en su puesto con Lyndon Johnson y tendría un rol tan fundamental como polémico –casi asesino– en la guerra de Vietnam excelentemente reflejado en el documental Niebla de guerra (Fog of War), no podía creer lo que estaba escuchando: los militares prácticamente estaban incentivando una guerra nuclear.
“¿Qué están haciendo?”, le pregunta MacNamara al almirante. “Cumpliendo con nuestra misión, señor, así que si no le importa, tenemos que ocuparnos de nuestro trabajo”. ¡El descarado le habla así a su jefe, no le importa nada! “Almirante, le he hecho una pregunta”. Insiste el Secretario. La respuesta no es muy tranquilizadora. “Vamos a aplicar el procedimiento que estaba previsto, procedimiento a seguir que el Presidente aprobó y firmó en su orden del 23 de octubre. (Se comunica con el capital del Barco). Sí, puede proceder, capitán. Vacíen sus cañones”. ¡Vacíen sus cañones! ¡Están todos locos! “Maldita sea, ¡detenga esos disparos!”, ordena MacNamara. “¡Alto el fuego, alto el fuego!”, transmite el almirante al barco “¡Por el amor de Dios! ¡Esos barcos disparaban avisos, bengalas, señor Secretario! Maldita sea, tengo mucho trabajo que hacer, usted está aquí encerrado desde el lunes por la noche, está cansado agotado y está cometiendo errores, si obstaculiza mi tarea hará que maten a algunos de mis hombres y no lo voy a permitir”.
Este muchacho es un insolente, pero es un peón más dentro de la lucha interna que se libraba entre los asesores, ministros, secretarios y la plana mayor de las Fuerzas Armadas. Todos ellos hacían y deshacían para que el presidente actuara como ellos querían que actuara, aun si eso significaba un holocausto nuclear.
Así, los militares se movían desafiando las órdenes del presidente –algo que parece no suceder únicamente por estas latitudes– al elevar los niveles de alerta, desconfiando en la capacidad de acción de Kennedy y parte de sus asesores. Los halcones desafiaban a las palomas por más que fueran estas últimas las que tenían la legitimidad y legalidad de su lado.
Cuando el almirante vuelve a la carga no parece entender con quién habla. “No se entrometa en lo nuestro, señor. La Marina ha dirigido bloqueos desde la época de John Paul Jones”. Jones fue un corsario al servicio de la Revolución americana de 1776.
MacNamara le replica que la orden de disparar solo podía ser autorizada por el Presidente, pero el marinero de alto rango le responde que no estaban disparando. Bastante nervioso, el Secretario le salta a la yugular: “¿Y qué diablos ha sido esto?”. La respuesta es bastante insólita pero nos brinda mucha tela para cortar. “Disparar contra un barco, significa atacar al barco ¡No estábamos atacando! ¡Disparábamos por encima de él!”.
El político con un cargo público, en general, es un hombre de acción que descansa sobre un grupo de asesores que lo guían sobre cuestiones específicas planeadas de acuerdo con los lineamientos que el líder demarca, los famosos tecnócratas. Ahora bien, muchas veces sucede que los técnicos que se agrupan alrededor del decisor se encierran en el mundo limitado de su propio saber específico.
Así, un ministro de economía puede afirmar que lo mejor para salir de una crisis es realizar recortes presupuestarios y aumentar impuestos. Probablemente, dicha fórmula se encuentre en algún manual académico, pero si es llevada a la práctica, no solo puede presentarse como una opción poco efectiva, sino también como un suicidio político.
Para el almirante, disparar era destruir, así lo debía especificar el reglamento naval, pero para alguien que mira más allá, que tiene la capacidad de observar el panorama desde una óptica global, disparar es que salga cualquier tipo de proyectil en dirección al barco enemigo y, en un momento de tensión absoluta, en el que una mala jugada puede hacer desaparecer al mundo, un disparo es un disparo, por más que se apunte a 22 kilómetros de distancia del objetivo.
“La orden del Presidente incluía cualquier tipo de disparo. ¿Qué pasará si los soviéticos no ven la diferencia? ¿Si cometen el mismo error que yo? No se disparará nada cerca de un barco soviético sin que yo lo autorice personalmente. ¿Lo entendió, Almirante? ¿Está claro?”. Algo ofuscado, el militar de gatillo fácil le responde con un lacónico: “Sí, señor.” “Y solo daré semejantes instrucciones”, concluye MacNamara, “cuando me lo ordene el Presidente ¡Esto no es un bloqueo! ¡Esto es un nuevo lenguaje! Un nuevo vocabulario, como ningún otro que se conozca en el mundo ¡Así es como el presidente Kennedy está comunicándose con el premier Kruschev!”.
La historia concluye con un final relativamente feliz: seguimos vivos. Rusia sacó sus misiles a cambio de que Estados Unidos quitara los que tenía en Turquía.
Los entornos van más allá de recomendaciones, consejos y gobiernos. El líder también puede jugar hacia el exterior con la “oscuridad” de su relación con las segundas líneas. De esa manera, se esconde detrás de personajes que la opinión pública no ve con buenos ojos para tomar decisiones difíciles o que puedan perjudicar su imagen. Así, siempre deja margen para que desde la población se piense que es el entorno el que lo está perjudicando y, si la cosa se complica, resulta mucho más fácil eyectar al ministro o asesor hacia la humillación pública que asumir culpas.
Sin ir más lejos, la relación entre Perón y López Rega es un ejemplo bastante claro en este sentido. López Rega era un cabo de la policía durante el primer gobierno de Perón que terminó siendo una especie de valet durante el exilio del General en Puerta de Hierro. El hombre era básico como pocos, pero terminó siendo la figura más poderosa y temida durante la última presidencia de Juan Domingo desde el Ministerio de Desarrollo Social.
“El brujo”, como le decían por su afinidad a las artes ocultas, es la representación de todo lo oscuro que un hombre de confianza puede ser. Su paso por nuestra historia grafica el daño que puede ocasionar una persona de confianza nulamente instruida, sin ningún antecedente político ni de gestión, esotérico, manipulador, corrupto y asesino. Su poder llegó a límites insospechados cuando pasó de ser un mero asistente a ministro y jefe de la inefable fuerza parapolicial Alianza Anticomunista Argentina, la Triple A.
Durante años, se discutió cuánto de lo que hacía este personaje era de conocimiento de Perón. Más allá de cualquier planteo dialéctico, existe un dato objetivo sobre el que no se puede adjetivar demasiado: Perón podría haberle dado una patada a López Rega de haberlo querido, pero no lo hizo (para quien le interese profundizar el tema, hay un libro de José Pablo Feinmann, López Rega, la cara oscura de Perón, que les puede resultar más que interesante, aunque tal vez sea algo difícil de conseguir).
¿Y si el entorno es eficiente y ambicioso? La amenaza de la competencia dentro de las propias filas es otra razón para salir eyectado del poder. Cuando la prensa comienza a tildar a un ministro de “superministro”, las horas del susodicho están contadas.
Puede suceder que las cortes palaciegas se transformen en ámbitos de competencia ilógica y de ambiciones desbordantes. En algunos casos, los adjetivos positivos o negativos se transformarán en meros adornos en pos de la propia supervivencia en donde no siempre hacer las cosas correctamente puede traer tranquilidad o una palmadita de felicitación en la espalda.
Aunque tenga que contradecir al bueno del taxista, el entorno no fue el causante de la locura nazi, sino un engranaje más de la maquinaria. Los acólitos están ahí porque el líder los requiere, ya sea para crear grandes proyectos políticos o para hacerlo reír cuando las cosas están tensas. Sin embargo, el gobernante siempre guardará para sí la capacidad de tomar la decisión final. Kennedy tuvo sus palomas y halcones pero terminó apoyándose en las ideas de aquellos asesores que consideraba más acordes con las suyas propias. Hitler directamente no tiene excusa ni perdón y aquellos que lo rodeaban, más que palomas y halcones, se dividían entre caranchos y buitres. Allí no existió una opción viable, fue todo pérdida.

Para seguir leyendo

Larraquy, Marcelo, López Rega. El peronismo y la Triple A, Buenos Aires, Aguilar, 2011.

Feinmann, José Pablo, López Rega, La cara oscura de Perón, Buenos Aires, Legasa, 1987.

Matus, Carlos, El líder sin Estado Mayor, Buenos Aires, Universidad de la Matanza, 2009.

Kissinger, Henry, La diplomacia, México DF, Fondo de Cultura Económica, 2001.


Para ver o volver a ver

La caída (Der Untergang), Dir. Oliver Hirschbiegel, Constantin Film Produktion, 2004.

Trece días (Thirteen Days), Dir. Roger Donalds, New Line Cinema, 2000.

Niebla de Guerra (The Fog of War), Dir. Errol Morris, Sony Pictures Classics, 2003.