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No me pagan para leer. El poder detrás del poder


Springfield está aislado. Un enorme domo impide salir a los habitantes del pueblo ficticio más conocido de los Estados Unidos. ¿Cómo llegó esa estructura de vidrio ahí? Retrocedamos un poco en el argumento.
Homero Simpson –¿existe un personaje más icónico de una generación que Homero?– adoptó como mascota a un cerdito, el “cerdo araña”, a quien cuida más que a sus propios hijos. El animal es de buen comer, como su dueño, por lo que produce una cantidad considerable de desechos que deben ser puestos en algún lugar. Para solucionar la cuestión, Homero construye un silo, pero el contenedor se llena rápidamente. ¿Qué hacer con el contenido? Como sabemos, la racionalidad no es parte de los atributos primarios de este jefe de familia, así que decide tirarlos al lago del pueblo que había sido recientemente descontaminado gracias a una campaña liderada por su propia hija, Lisa. Ahí es donde comienzan los problemas.




El lago vuelve a contaminarse por la impericia de Homero. Para evitar que la polución se expanda más allá de los límites de Springfield, un exageradamente poderoso y ambicioso agente de la EPA (la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos), Russ Cargill, planifica cinco soluciones posibles y se las acerca al presidente de los Estados Unidos, cada una en una carpeta separada. ¿Quién está sentado en el Salón Oval para decidir? El presidente Arnold Schwarzenegger.
Esta no es la única vez que el cine estadounidense elige a su máxima figura de acción como primer mandatario. En 1993, se estrenó El demoledor (Demolition Man), una película que no figura, ni figurará, en los momentos culmines del séptimo arte. Protagonizada por Silvester Stallone, Wesley Snipes y Sandra Bullock, El demoledor es la clásica historia que enfrenta a un policía rudo con un villano estereotipadamente malvado. La vuelta de rosca del argumento –si se lo puede llamar así– es que Stallone, el policía bueno pero renuente a actuar según las reglas, y Snipes, el malo, malo, son congelados criogénicamente y despiertan en un futuro naíf, sin delincuencia ni violencia aparente –en realidad, el futuro había encontrado la solución a la pobreza y a la delincuencia escondiéndola en las alcantarillas, como quien esconde la suciedad debajo de la alfombra–.
Bullock, la partenaire de turno, le muestra los cambios que habían acontecido mientras Stallone dormía. En la recorrida, le señala la biblioteca presidencial Arnold Schwarzenegger. Ante la sorpresa de Stallone por lo absurdo del relato, la explicación de Bullock parece casi profética: debido a la popularidad que tenían las películas del austríaco, una enmienda constitucional le había permitido presentarse a las elecciones presidenciales del 2003 –en el mundo real, ese año no hubo ninguna elección aunque hubiera sido atractivo ver unos años después un duelo Obama / Schwarzenegger–
.
Volviendo a los Simpson, Cargill coloca las cinco carpetas para resolver la cuestión Springfield en el escritorio del presidente. Schwarzenegger elige la número cuatro, sin leer ninguna, simplemente opta por una al azar. ¿Cuál es su justificación para elegir el destino del pueblo sin siquiera leer las opciones? “No me pagan para leer, me pagan para tomar decisiones”.
Occidente ha sucumbido a la velocidad. Los acontecimientos se suceden sin pausa, la impronta tecnológica ha ganado la batalla. El pensador alemán Martin Heidegger se anticipó a nuestro tiempo al describir, en un curso de Introducción a la Metafísica de 1935, lo que hoy es realidad:
Cuando el más apartado rincón del globo haya sido técnicamente conquistado y económicamente explotado; cuando un suceso cualquiera sea rápidamente accesible en un lugar cualquiera y en un tiempo cualquiera; cuando se puedan “experimentar”, simultáneamente, el atentado a un rey en Francia, y un concierto sinfónico en Tokio; cuando el tiempo solo sea rapidez, instantaneidad y simultaneidad, mientras que lo temporal, entendido como acontecer histórico, haya desaparecido de la existencia de todos los pueblos; cuando el boxeador rija como el gran hombre de una nación; cuando en número de millones triunfen las masas reunidas en asambleas populares, entonces, justamente, entonces, volverán a atravesar todo este aquelarre, como fantasmas, las preguntas: ¿para qué?¿hacia dónde?¿y después qué?
El tiempo es rapidez. Los que deben tomar decisiones tienen un margen ajustado para la profundización, actúan en virtud de los tiempos de la opinión pública y de los medios. Ya no existe el detenerse; podemos ver un atentado en simultáneo a un concierto mientras pispeamos un programa de cocina y pasamos por un viejo partido de nuestro equipo favorito que supo vivir tiempos mejores. En esta realidad, el boxeador es el que rige como el gran hombre de una nación.
Heidegger no eligió la figura del pugilista gratuitamente, ya que se trata de la personificación del triunfo de la notoriedad por sobre el cálculo, de la fuerza ante el saber reflexivo. Es la popularidad del campeón lo que lo lleva a estar por sobre el resto. La política no escapa a esa lógica.
La escena del agente Cargill es doblemente representativa. Por un lado, el hecho de que sea Schwarzenegger la figura presidencial que decide el futuro de un pueblo sin pensarlo demasiado, o directamente sin hacerlo, nos grafica un mundo en donde la fama y el nivel de conocimiento son valores que importan casi tanto como las capacidades de liderazgo.
La popularidad que un personaje construye en su ámbito es un capital que, llegado el momento, se puede extrapolar a la política. No solo se estará importando el “ser conocido”, sino también la forma de resolver y actuar que se poseía en la vida anterior. La edificación del reconocimiento resulta ser universal y, como tal, de aplicación indistinta.
En el caso de un actor, este no va a dejar nunca de actuar, incluso llegando al extremo posible de realizar una pantomima de decisión cuando en realidad solo realiza gestos huecos de contenido.
No es casual que Arnold haya construido su carrera cinematográfica encarnando a hombres de acción, personajes que se sostenían en la resolución de los conflictos mediante el músculo y la velocidad. En un mundo donde el zapping es rey, donde el control sobre la realidad se reduce al dedo pulgar, queremos que las cosas sucedan ya, sin dilaciones ni espera.
Exigimos la inmediatez y ahí está el Terminator para guiarnos. Nos sentimos reconfortados porque lo conocemos, todos lo vimos salvar a John Connor, eliminar una amenaza extraterrestre en Depredador (Pedrator), incluso sabemos que sonríe cuando sale de shopping con su hermano Danny DeVito en Gemelos (Twins). Es un hombre que hizo de la eliminación inmediata de las dificultades –aún si lo debía hacer a los tiros– una marca registrada. Y Terminator no se va a detener a pensar qué es lo que debe hacer, simplemente lo hace. A él, finalmente, es al que no le pagan para leer.
La escena también nos muestra la importancia del círculo que rodea al gobernante, tema que ahondaremos en el próximo capítulo. Cuando aquel que decide está sujeto a la presión de tener que brindar soluciones instantáneas a conflictos complejos, el “Estado Mayor” se vuelve una herramienta clave.
Carlos Matus, político y economista chileno, escribió un libro muy ilustrativo sobre el liderazgo en América Latina. Uno de los conceptos que utiliza en esta obra es el de “Estado Mayor” para referirse a la importancia del soporte tecnopolítico que todo líder debe tener.
Cargill, el agente de la EPA, representa ese apoyo –probablemente en su peor faceta– al ofrecerle al presidente un abanico de soluciones para un problema específico de un área específica. Por supuesto que presuponemos que en un país con un relativo nivel de seriedad, la opción de cubrir un pueblo con una esfera de vidrio para contener un desastre ecológico no sería nunca viable. Bueno, en realidad, uno nunca sabe. La humanidad ha tomado decisiones que, en comparación, dejan al domo bien parado.
Si el líder posee un buen equipo detrás, que le ofrezca soluciones, él se podrá dar el lujo, como Schwarzenegger, de elegir una carpeta más allá del contenido, porque descansa plenamente en que cada una de las opciones que se le presentan está respaldada por la pericia de sus asesores o ministros. Igualmente, la cuestión valorativa siempre deberá ser, en última instancia, de quien toma la decisión.
Ahora bien, lo que puede suceder es que los Estados Mayores no tengan la habilidad adecuada para idear todas las alternativas, o que quien gobierna utilice el azar como principal herramienta para resolver cuestiones importantes. No son pocas las veces en que la decisión se termina tomando por cuestiones episódicas, estados anímicos o informaciones muy parcializadas sobre temas trascendentales.
En países donde el arco institucional es más débil y donde la burocracia weberiana no es fuerte, lo que puede suceder es que este tipo de liderazgo fomente los “decisionismos” o su cara inversa, personajes que figuran pero que tienen un margen de decisión limitado[1].
La historia nos ha dejado algunos ejemplos de personajes que lograron un alto grado de notoriedad en otros campos y luego lo trasladaron a la política. En Estados Unidos, Reagan siguió un camino similar al de Schwarzenegger pero con el final que los guionistas de El demoledor habían imaginado para el austríaco: actor, gobernador de California y presidente.
Reagan supo hacer valer su bagaje actoral y, sobre todo, su espectacular manejo de la comunicación. Sabía transmitir de manera concisa y efectiva su visión acerca del rumbo que debía seguir el país, su visión de la economía, se llegó incluso a crear un término para definir la política económica durante su era, la Reaganomics, la política y las relaciones exteriores –Señor Gorbachov, tire ese muro abajo–.
Pero ese personaje que había construido Reagan tenía un establishment por detrás que le acercaba las decisiones ya masticadas y digeridas. Ese grupo tenía entre sus componentes algunos asesores que representaban al conservadurismo estadounidense más ortodoxo y que luego tendría un papel igual de central durante la presidencia de Bush hijo (Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz, Dick Cheney). En otros lugares, sin una dirigencia sólida, la actuación sin soporte puede resultar más patética.
Sheldon Wolin, en su libro Democracia S. A., plantea que en un sistema como el estadounidense, en el que existe una alianza del Estado con las grandes corporaciones económicas, las cabezas visibles de la política en realidad van a estar impulsadas por poderes abstractos y que, por lo tanto, no existe tal cosa como un poder personal. Así, las instituciones no van a ser moldeadas a la forma y semejanza del líder, sino que lejos de esto, la dirigencia es un producto del sistema y no tanto su arquitecto. Ante tal escenario, ¿qué mejor que un actor, que hace de la transmisión de emociones su profesión, para ser la cara pública de un poder?
Grandes personalidades del mundo del espectáculo y del deporte mudan sus logros y notoriedad de un campo a otro. Tienen en su poder el principal bien en este mundo para ingresar y triunfar en la política: el reconocimiento. Tal vez, para comprender aún mejor el sistema en el que vivimos, debamos mover un poco el foco de análisis, y no centrarnos tanto en los schwarzeneggers y mirar un poco más a los cargills que acercan las carpetas. Hacia allá vamos.



Para seguir leyendo

Heidegger, Martin, Introducción a la Metafísica, Barcelona, Gedisa, 1992.

Matus, Carlos, El líder sin Estado Mayor, Buenos Aires, Universidad de la Matanza, 2009.

Wolin, Sheldon S., Democracia S. A. La democracia dirigida y el fantasma del totalitarismo invertido, Buenos Aires, Katz Editores, 2008.

Weber, Max, Economía y sociedad, México DF, Fondo de Cultura Económica, 1996.


Para ver o volver a ver

Los Simpson (The Simpsons Movie), Dir. David Silverman, Twentieth Century Fox Film Corporation, 2007.

El demoledor (Demolition Man), Dir. Marco Brambilla, Warner Bros. Pictures y Silver Pictures, 1993.


[1] Después de la muerte de Max Weber, se publicó Economía y sociedad, una de sus obras más influyentes. En dicho escrito, el autor alemán elabora una teoría sobre la burocracia en la que estima que el orden jerárquico, las normas que regulan el funcionamiento de los órganos de Estado, los objetivos, responsabilidades y demás aspectos de la burocracia no solo son elementos claves para el funcionamiento del “orden legítimo”, sino una pieza clave para el desarrollo de toda sociedad civilizada. Sin burocracia no hay avance.

Dígale sí a Lincoln La negociación y las dos éticas de Max Weber




La negociación es una capacidad innata del hombre. Piénsenlo un segundo: todo el tiempo, en todo lugar, sin importar el lazo afectivo que nos una con la persona que tenemos enfrente, estamos negociando. Ya sea el tiempo que pasamos con nuestros seres queridos –el matrimonio es un MBA de la negociación–, el precio de un bien de primera necesidad –o simplemente un capricho–, en el trabajo, con los amigos, con los enemigos, siempre estamos ofreciendo algo a cambio de lo que buscamos a un precio –sin hablar necesariamente de dinero– que nos sea favorable.

Pero por más que lo hagamos en todo momento y que prácticamente lo tengamos incorporado en nuestro ADN, la negociación no resulta un tema simple.
Entre las tantas variables a considerar al iniciar el toma y daca, los límites que nuestra propia educación y conciencia nos plantean deben ser uno de los puntos de más difícil análisis. A la clásica pregunta que guía cada una de nuestras negociaciones –¿cuánto estoy dispuesto a pagar para obtener lo que deseo?–, habría que sumarle un apéndice: ¿qué estoy dispuesto a hacer para lograr lo que deseo? Es decir, puedo y quiero negociar, pero para hacerlo, ¿cuáles son los límites que no estoy dispuesto a cruzar?
La moral está dispuesta a construir un muro sobre el cual no queremos –o nos resulta algo complicado– sortear. Pero entonces, ¿qué es la moral? ¿Cómo se compone esta autolimitación que construimos? Una aproximación kantiana nos diría que es el conjunto de ideas que un individuo se impone o se prohíbe a sí mismo para regular así su conducta.
Esto lleva a considerar un acto como moralmente bueno o malo solo si el sujeto que lo realiza lo hace porque lo considera absolutamente debido, pero no para aumentar su felicidad o su bienestar egoísta, sino para tomar en consideración los intereses y los derechos del otro, permaneciendo fiel a determinada idea de la humanidad y de convicciones individuales.
Al dividir mi tiempo para satisfacer mis propios deseos y los deseos de las personas que quieren compartir el suyo conmigo, estoy teniendo en cuenta su felicidad y mi bienestar. No parece haber allí ningún interrogante moral.
Pero, si yo actúo por temor o para obtener beneficios posteriores, y no por respeto al deber implícito en la ley moral –como en el caso del posible ofrecimiento de coima–, mis acciones no podrán denominarse morales.
Este libro tiene en su título la palabra “política”, por lo que sería prudente llevar estos ejemplos a la vida pública. Preguntémonos: “¿Un político se puede dar el lujo de prohibirse ciertas acciones?”. Aquí no estamos hablando de corrupción – en donde se prioriza el beneficio personal por sobre el bien común– ni de nada por fuera del ámbito de la Ley, sino de las convicciones y las limitaciones que uno mismo se construye. “¿Un político puede pensar en su felicidad basándose en sus acciones? ¿Puede un político aferrarse a una idea de humanidad?”. Sí, claro que lo puede hacer. Pero eso no lo hace, obligatoriamente, un buen político.
La moral responde a la pregunta: “¿Qué debo hacer?”. La respuesta a esa pregunta no será igual para alguien que deba accionar sobre la vida de millones que para el que se encuentra una billetera en la calle. No será igual para un individuo que debe negociar el uso de su tiempo libre con otro que tiene que negociar la felicidad futura de un pueblo. Spinoza decía: “Hacer el bien y sentirse dichoso”. Este “bien” no equipara en responsabilidad las tareas que puede llegar a tener un político que trabaja para el bien común, con las de un almacenero (miembro fundamental de un barrio, pero con un grado de incidencia en la vida de un país algo menor). Tampoco la dicha será la misma.
Si pretendiéramos reducir la política a la moral, estaríamos cometiendo un error. La política no se puede asociar, únicamente, con el bien, con la virtud, con el desinterés. La verdad es, justamente, lo contrario. Si reinara la moral, no necesitaríamos policía, leyes, tribunales ni ejército. En resumidas palabras, no tendríamos necesidad del Estado ni, por lo tanto, de la política.
¿Y el cine Marangoni? ¿Se olvida que el otro tópico del libro es el cine? Si, ya lo sé, no se impaciente, estamos llegando.

Lincoln fue el 16º presidente de Estados Unidos, aunque para la mayor parte de nosotros –los sub 40–, es el nombre de una galletitas de vainilla que, casi como condición sine qua non, deben ser consumidas bañadas en café con leche. También es el nombre de una marca de autos y de una localidad de la Provincia de Buenos Aires. Además, es el título de una película dirigida por Steven Spielberg y protagonizada por un soberbio Daniel Day Lewis (Mi pie izquierdo, Pandillas de Nueva York, En el nombre del Padre, Petróleo sangriento).
Ya hemos hablado de la fascinación del cine anglosajón por las biopics. Lincoln no escapa a ese amor.
¿Quién fue este hombre? ¿Quién fue Abraham Lincoln? Llevando nuestro poder de síntesis a su máxima potencia, afirmamos casi sin respirar que don Abraham nació, vivió y murió en el siglo xix. Ejerció el máximo cargo político de Estados Unidos durante su guerra civil. Guio al bando ganador y luego lo mataron en un teatro, y se convirtió así en la primera víctima de magnicidio en la historia yanqui. Hoy su figura es una de las más respetadas y consideradas por los estadounidenses.
Sin repetir y sin soplar, ¿qué fue la Guerra Civil Estadounidense (o Guerra de Secesión)? Fue un conflicto que dividió y enfrentó a dos bandos antagónicos del país del
Norte. Por un lado estaban los Estados del Norte, conocidos comúnmente como La Unión –el lado ganador con Lincoln a la cabeza–. Por el otro, estaban los secesionistas del sur, englobados en los Estados Confederados. El conflicto duró cuatro años, de 1861 a 1865, y murieron más de un millón de personas.
Comúnmente, para referirse a las causas de la guerra, se suele simplificar e idealizar el enfoque únicamente en la cuestión de la esclavitud, tal como sucede en la película. Los muchachos del sur, con sus plantaciones agrícolas, principalmente de algodón, exprimían al máximo la mano de obra esclava. Los del norte, con una economía más bien industrial, consideraban que la esclavitud era algo del pasado que debía ser erradicada, primero prohibiéndola en los Estados recién formados y luego progresivamente en el resto del país. Estas diferencias fueron imposibles de solucionar a través de medios y recursos propios de la joven república, y todo derivó en un sangriento conflicto.
Aunque importante, este no fue el único disparador. Como en casi cualquier otro asunto público, no existe la monocausalidad, siempre habrá una serie casi infinita de motivos, indicadores y causas que lleven al desenlace de una acción. En este cuestión, estaban en juego varias cosas más, como las disímiles visiones acerca de cómo debía regirse una federación de Estados (cuán independiente podía ser cada provincia o Estado y cómo debía regirse su relación con el gobierno central), dos modelos de desarrollo económico (el sur agrario y el norte industrial), culturales y sociales que dividían fuertemente al país en dos grandes bloques. Todas estas diferencias y debates existían aun desde antes de la creación de Estados Unidos y continuaron luego de su revolución e independencia. El guiso se estaba cociendo desde hacía décadas en una olla a presión, de manera lenta pero segura.
Lincoln, la película, se centra en los últimos meses de la presidencia de don Abraham, y se enfoca sobre todo en la negociación que tuvo que llevar adelante con legisladores propios y ajenos para hacer pasar lo que se conocería como la “XIII Enmienda a la Constitución” cuyo texto, compuesto por solo dos oraciones, aboliría la esclavitud en todas sus formas y en todo el territorio[1].

Lincoln, el presidente, quería aprobar la reforma de la Constitución antes de que terminara la guerra para evitar que, cuando los Estados secesionistas y esclavistas del sur volvieran a ser parte de Estados Unidos, y sus representantes reingresaran al Congreso unificado, pudieran impedir la reforma al negar el quórum de dos terceras partes necesario para que la Enmienda fuera elevada.
Es decir, este hombre, además de tener que lidiar con un conflicto que estaba generando una matanza entre conciudadanos, debía correr contra el tiempo para convencer a legisladores propios y ajenos de aprobar la Enmienda, es decir, había que negociar. ¿Por qué? Porque no todos los representantes le respondían ciegamente. Estaban los más radicales dentro de su partido que querían esperar a tener un Congreso con una mayoría absoluta para así aprobar la reforma sin posibilidad de fracaso, y también estaban los que preferían poner todo el esfuerzo en finalizar la guerra y dejar estos temas para más adelante. Cerrando el combo estaban los demócratas –Lincoln era republicano– que directamente no le respondían por ser del partido de la contra.
¿Cómo llevó adelante esa negociación? ¿Utilizó los mismos parámetros y principios que nosotros implementamos para poder jugar al póker con nuestros amigos los jueves? ¿Cómo se aseguró los votos necesarios?
Para empezar, tuvo que partir del mismo principio que nosotros: unos quieren algo, otros quieren lo contrario. Pero hasta allí llegó la comparación, ya que las herramientas que utilizó, y los medios que implementó, no fueron tan sencillos como los utilizados comúnmente. A algunos legisladores los convencieron con la palabra, la discusión y el debate. A otros tantos les ofrecieron alguna que otra cosita adicional (en este caso, cargos públicos para el futuro, trabajos bien remunerados en la futura administración).
Negociar, ¿con qué herramientas hacerlo? ¿Hasta dónde llegar? ¿Podemos aplicar los mismos parámetros que establecemos para evitar una cena con un familiar algo pesado de nuestra pareja, que en la negociación de un asunto público? Ese malestar interior que algunos llaman conciencia y que nos impide siquiera pensar en ofrecer una coima para evitar una multa, ¿actuará de la misma forma si quiero eliminar la esclavitud de mi país? No parecen ser casos siquiera comparables, pero los cuestionamientos acerca de la moralidad propia de los individuos es, en líneas generales, muy similar. La vida de cientos, millones de seres humanos, está en juego; ¿debemos priorizar los valores individuales, los principios que nos inculcaron de jóvenes y que nos hacen rectos, honestos y buenos? ¿O en ciertos aspectos de la vida, cuando lo que se dirime son asuntos públicos, la ética que nos rige debe medirse con otras varas y parámetros? ¿Lincoln fue un corruptor, o un corrupto, al ofrecerles puestos políticos a congresistas para eliminar la esclavitud de su país de una vez y para siempre? La pregunta sobre lo que se gana y lo que se pierde en una negociación –y en este caso en particular– rompe cualquier tipo de comparación posible.
Hay un filósofo francés contemporáneo, André Comte-Sponville, con el que tengo especial empatía. Sus escritos son directos, didácticos y sus conclusiones, aunque muchas veces polémicas, a mi entender suelen dar en el clavo.
Respecto de la relación entre la moral y la política, Sponville en El capitalismo, ¿es moral?, afirma: “Creer que la moral puede vencer la miseria o la exclusión es engañarse a uno mismo. Creer que el humanitarismo puede sustituir a la política exterior, o que la caridad puede reemplazar a la política social, o incluso que la lucha contra el racismo puede hacer las veces de política de inmigración, todo esto es engañarse a uno mismo”.
La moral no tiene fronteras, prosigue Comte Sponville; la política sí. La moral no tiene patria; la política, sí. A la moral no le incumben los intereses de un municipio, una provincia o un país. La moral solo conoce individuos. En cambio, la única finalidad de toda política municipal, provincial, nacional, de derecha, de izquierda, de centro, capitalista, comunista o lo que fuera, es articular intereses con miras al bien común.
Vamos sacando algunas conclusiones: al parecer existe una moral que rige nuestra vida individual, pero que no siempre se condice con lo que podríamos denominar una moral política. Es decir, los límites para nuestras “negociaciones diarias” no tendrán los mismos parámetros que una negociación para abolir la esclavitud.
Max Weber –al que ya hemos citado en otra oportunidad– nos decía en un escrito genial, El político y el científico, que la ética –aunque no son exactamente lo mismo, muchas veces ética y moral son utilizados como sinónimos, en este caso yo también lo hago– y la actividad política son concepciones del mundo que nos obligan a elegir: o una u otra.
Para el pensador alemán, toda acción éticamente orientada puede seguir una de dos máximas fundamentales y diametralmente opuestas: puede seguir una “ética de la convicción” o una “ética de la responsabilidad”.
El que actúa según la ética de la responsabilidad no puede acusar al mundo ni a una fuerza superior por las consecuencias de sus acciones. ¿Qué quiere decir con esto Weber? Que el mundo no está regido por ideales, y el que se dedica a la política lo debe saber mejor que nadie. El “bien” no necesariamente produce más “bien” ni el “mal” produce más “mal”. Lamentablemente, a menudo ocurre lo opuesto. El que no comprende esto, sentencia Weber, es un niño –políticamente hablando–.
El que quiera hacer política, y sobre todo el que quiere hacer política como profesión, debe comprender esta paradoja ética. Debe saber que es responsable de lo que él mismo puede llegar a ser bajo el dominio de esa paradoja.
La política no es una forma de altruismo, es una estrategia inteligente y socializada. El que busca la salvación de su alma no lo debe hacer por medio de ella.
Esto no significa que la ética –o la moral– deba caer en un pozo de reclusión. Aún tienen cosas que decir, y aún las debemos escuchar. Pero esta no es ni una estrategia ni un proyecto ¿Qué propone la ética contra la desocupación, contra la inseguridad, contra la pobreza, contra el calentamiento global, contra el terrorismo? ¿Cuál será su estrategia para aprobar en un Congreso díscolo la abolición de la esclavitud? Nos podrá decir que está “mal”, o “bien”, según nuestra propia cosmovisión, pero no la forma de vencerlos.
La conciencia de un político debe ir más allá de cualquier otra. No puede permitirse el lujo de pensar en su salvación, sino que debe concentrarse en la creación y formación de algo que lo supere ampliamente. Para ello requiere asumir su condición y su vocación sin culpas, fortalecer su rol a partir de la reivindicación de las estructuras de representación que, agregando voluntades, puedan transformar positivamente la vida de las sociedades en que actúa.
Spielberg –Lincoln no es una película con su típico sello, sino un film centrado en actuaciones impresionantes, diálogos pesados y ambientaciones sencillas–, en algún punto, también presentó las dos éticas weberianas a lo largo de los 150 minutos que dura la obra. Lincoln tenía una forma de negociar en su vida privada, con su mujer e hijos, que lo llevaba a no quebrar los principios que lo hacían el hombre que era: a su mujer le daba el gusto de usar unos guantes que el odiaba con tal de que estuviera feliz. A su hijo menor lo dejaba correr libremente por la Casa Blanca a bordo de un pony sin padecer ninguna reprimenda por parte de un padre que, aunque llamarlo “ausente” suena desmedido, tal vez no le brindaba toda la atención que requería. Al hijo mayor le impedía entrar en el ejército porque los Lincoln ya habían perdido un niño y no querían perder otro. Siendo conscientes de que si continuaban negándole el deseo de ser parte del conflicto bélico hubieran perdido el cariño y respeto del primogénito, finalmente aceptan su deseo, pero lo mantienen lo más lejos posible del frente de batalla.
Pero también, como su mujer Mary Todd (Sally Field) se lo remarca, era un experto en moverse en el intrincado y algo sucio juego de la política de Washington que lo llevaba a apretar, amenazar, moldear la verdad y ofrecer puestos a cambio de votos con tal de obtener el resultado político que quería. Eso no lo hizo ni peor ni mejor persona, pero sí lo transformó en un político, cuyo valor, simpatía popular y consideración en la historia, fueron eternos.


Para seguir leyendo

Kant, Immanuel, Crítica de la razón práctica, Madrid, Alianza Editorial, 2002.

Comte-Sponville, André, El capitalismo, ¿es moral?, Buenos Aires, Paidós, 2003.

Weber, Max, El político y el científico, ediciones varias.


Para ver o volver a ver

Lincoln, Dir. Steven Spielberg, DreamWorks, Twentieth Century Fox Film Corporation, 2012.


[1] Las Enmiendas a la Constitución de Estados Unidos son alteraciones. Hay dos formas de llevarlas adelante: por iniciativa del Congreso (con la aprobación de dos terceras partes de ambas Cámaras) o mediante la formación de una Convención Nacional. Una vez elevada la propuesta de Enmienda, habiendo sido ya aprobada por el Congreso, debe ser ratificada por las legislaturas de, al menos, tres cuartas partes de los Estados (el equivalente a nuestras provincias). La regulación de dichas modificaciones se especifica en el artículo V de la Constitución. Al día de hoy, existen 27 Enmiendas, aunque no todas fueron ratificadas. Nunca se llamó a una Convención, siempre se llevaron adelante por iniciativa exclusiva del Congreso.

"Si Evita viviera…" Una reflexión sobre los mitos políticos



Hace algunos años, estaba paseando con mis hijos por un shopping –no recuerdo exactamente cuál, lo que importa muy poco porque conocer uno es conocerlos todos– cuando, viendo vidrieras un poco de reojo, me llamó la atención ese característico perfil de tres cuartos con los pelos al viento y la mirada al infinito de uno de los argentinos más reconocidos del mundo.
Ernesto Guevara estaba allí, embelleciendo con su boina toda una colección de remeras y otras prendas de un local de ropa que no se caracterizaba –y estoy bastante seguro que eso no ha cambiado al día de hoy– por su espíritu revolucionario.
Me voy a ahorrar los típicos comentarios que se pueden desprender de semejante visión para pasar a la reflexión que me disparó ver al Che como artículo de consumo de alta gama: ¿hubiera estado Guevara allí si en vez de continuar su intento revolucionario en el Congo y Bolivia se hubiera quedado en su despacho del Banco Nacional Cubano o en su rol de Ministro de Industria? ¿Y si hubiera muerto de viejo en su cama en La Habana? ¿Si hubiese pasado el resto de sus días combatiendo por su pueblo detrás de un escritorio como engranaje burocrático, pero no por ello menos fundamental, del gobierno?


Volvamos por un segundo a Ciudad Gótica. Estamos en el final de El caballero de la noche (The Dark Knight). Harvey Dent, el fiscal impoluto, el príncipe inmaculado, el villano y asesino, yace muerto luego de haber caído al vacío. Batman lo contempla y reproduce un diálogo que él mismo, en su faceta civil de Bruce Wayne, había tenido con Harvey unos días atrás: “O mueres siendo un héroe o vives lo suficiente para convertirte en el villano”.
La siguiente entrega de la trilogía, El caballero de la noche asciende (Batman: The Dark Knight Rises) comienza mostrándonos que el sacrificio de Batman, al haber hecho suyos los asesinatos de Dos Caras, tuvo el efecto deseado. Dent es ahora un símbolo, la representación antropomórfica de la lucha contra el crimen. Gótica inicia una era de paz construida sobre el relato de un pasado y un héroe que no parece condecirse exactamente con la realidad.
Gordon, en ese mundo, es el comisionado que se había manchado las manos haciendo el trabajo sucio para lograr la prosperidad, era la imagen de la guerra contra el crimen, del Estado en acción. Sus días en su puesto estaban contados porque había vivido lo suficiente para embarrarse basándose en que el fin justificaba la suciedad. Fue la acción que, amparándose en el mito, construyó el cambio.   
Los mitos, para consagrarse como tales, requieren de la existencia y la acción de otros protagonistas que, menos espectaculares e intransigentes, les den el marco para el lucimiento. Su histrionismo y seducción, aspectos siempre atractivos, se apoyan en la existencia menos visible pero siempre complementaria de los que aportan un lado menos luminoso de la vida, aparentemente rutinario y algo opaco, pero igualmente imprescindible. Sucede en todos los terrenos. ¿Quién no recuerda a Javier Portales, con su solvencia y profesionalidad, dándole el marco adecuado a un mucho más indisciplinado Alberto Olmedo en esa inolvidable zaga de Borges y Alvarez?
Pero retornemos a los mitos de la política. Los construimos para inspirarnos en sus actos y reflejar en ellos los valores más preciados que tenemos.
Bronislaw Baczko, filósofo e historiador polaco, va a definir estos imaginarios sociales como los procesos por los cuales “las sociedades se entregan a una invención permanente de sus propias representaciones globales, otras tantas ideas e imágenes a través de las cuales se da una identidad, perciben sus divisiones, legitiman su poder o elaboran modelos formadores para sus ciudadanos”. Este imaginario formará parte de la construcción de identidades al componer una figuración de sí misma, delimitar sus amigos y enemigos, rivales y aliados y encontrar un sentido de relación con la legitimación de un poder.
 La Argentina, por supuesto, tiene su propio panteón de héroes para definirse a sí misma, nombres casi indiscutibles, como el de San Martín y Belgrano, que se entremezclan con otros personajes que comparten por partes iguales amores y odios.
 La política posee una altísima responsabilidad en la contradicción de esos sentimientos por ser un campo que despierta pasiones. Lo que algunos hacen y dicen puede producir tanto idolatría como aborrecimiento.
 Ejecutar, ocuparse, construir, destruir. No se puede pretender que aquellos que trabajan para transformar la realidad pasen a la historia en un manto de respeto y cariño unánime, sin ser desafiados. 
 En nuestra historia, el peronismo ocupa un capítulo central y como tal, posee un espacio privilegiado en el tema que abordamos en este capítulo. La relación de Perón y Eva dentro del movimiento fue un baile coreografiado entre el mito y el estadista, entre el militar y la descamisada, entre el orden y la pasión. Evita murió en el esplendor de su gloria. La brevedad e intensidad de su vida, el vértigo y la fugacidad de su ascenso, el trágico final hicieron de ella el mito político perfecto. La dedicación obsesiva que le ofrecieron quienes la amaban y quienes la odiaban contribuyeron casi por igual a entronizarla y universalizarla. Perón, en cambio, vivió lo suficiente para tener que tomar muchas decisiones, en el poder o en el exilio, que necesariamente lo ubicaron en una posición distinta, más pragmática que la de su segunda esposa. Si ella se caracterizaba por su intransigencia, él se destacaba por su ambigüedad. Mientras Evita radicalizaba sus posiciones y predicaba para agudizar las contradicciones, el tiempo fue haciendo del General un artista en la conciliación de los más diversos intereses (de hecho, cuando a la muerte de Eva se radicalizó para suplir su ausencia, solo colaboró al aceleramiento de su caída).


 Todas estas características hicieron de Eva una fuente de materia prima cinematográfica de primera categoría, y su personaje –no estoy utilizando este término de manera accidental– el más retratado de los dos.
 Los motivos para que esto ocurriera son varios. A riesgo de caer en cierto forzamiento de la razón, pero asegurándonos de que al hacerlo estamos dejando de lado los motivos más trillados, el hecho de que Evita represente la emoción y Perón la racionalidad la convierten a ella en un elemento mucho más atractivo para el séptimo arte.
 La verdad histórica parece ser menos relevante al momento de elegir un relato para ser filmado. La vida de Eva resulta ser tan atrayente como desproporcional su legado fáctico en comparación con lo que dejó Perón. Sin embargo, eso no quita que su figura crezca en atractivo y fama global, muchas veces en desmedro de su esposo. El mito tiende a lo universal y la política a lo local. En el terreno que interesa y motiva al cine, las letras y la moda ella tiene más condiciones que él. La actriz, vence al militar.
Dejemos en claro un punto. Perón no vivió lo suficiente para ser un villano, sino que vivió lo suficiente como para ser discutido –a tal punto vivió que fue el hombre más longevo en asumir la presidencia en 1974–. Durante su vida, que incluyó tres presidencias, una secretaría, un ministerio, una vicepresidencia y un largo exilio, tomó cientos, miles de decisiones. Cada una de ellas hizo que su figura fuera más propensa a ser controvertida. Pero, como decíamos unos párrafos más arriba, la política es el campo de la acción y toda acción acapara reacciones, algunas de ellas positivas y otras no tanto. Perón hizo, y el que hace es juzgado por la historia. Creo que el General, dejando posicionamientos de lado, superó ese juicio con un amplio margen.
Perón fue el político, el estadista y el pensador que diseñó un modelo de país, y eso no se hace únicamente con una mitología, sino con los sinsabores propios de aquellos que modifican la realidad existente, con sus aciertos y sus errores (y horrores).
Sin Perón, Eva no hubiera existido y sin Eva, la historia de Perón hubiera sido diferente. Pero fueron los orígenes de Eva, su apuesta, su conocimiento de la pobreza, el rechazo, el poder, la enfermedad, la muerte temprana, la iconización positiva, la negativa, el secuestro de su cadáver, el nombre falso con el que estaba oculta en Italia, el regreso, en fin, todo lo que gira alrededor de Eva, lo que la convirtió en arte histórico y cinematográfico y, de hecho, eso terminó posibilitando que la pudieran interpretar artistas tan disímiles entre sí como Madonna, Nacha Guevara, Faye Dunaway, Esther Goris y Flavia Palmiero.
 La construcción de Eva como mito fue una labor que comenzó en vida y que  luego de su fallecimiento se aceleró e intensificó. Aun antes de morir, la mujer de Los Toldos era mucho más que una primera dama, y sus tareas iban más allá de los trabajos de la fundación que llevaba su nombre. Fue un mito, aunque peleaba por encontrar un lugar dentro del Estado.
 Eva Perón es una película argentina dirigida por Juan Carlos Desanzo y protagonizada por Esther Goris –en el que probablemente haya sido su mejor papel– y Víctor Laplace. El film tiene un plus, un adicional que le otorga un valor agregado que lo distingue del resto: el guion. La autoría es de José Pablo Feinmann y eso garantiza un relieve profundo y polémico.
 “Ahora quiero ser parte del Estado”, le hace decir Feinmann a Eva mientras peleaba por la candidatura para la vicepresidencia ¿Cómo convive un mito con el hacer, con el barro de la historia? ¿Pueden los mitos ser parte del Estado? Bueno, en este caso, no pudo. Los motivos fueron variados: porque se oponían los militares, porque Perón no quería, porque estaba enferma… Pero aquí las hipótesis se las dejamos a los historiadores, no vendremos nosotros a esgrimir porqués. Lo único cierto es que no pudo.
 ¿La hubiese ayudado a alimentar su lugar en la épica histórica haber ocupado la vicepresidencia o un rol específico y formal en la administración del aparato público? Podríamos sospechar que no, porque habría habido todo un armado legal que hubiera tenido que respetar, y su papel iba más allá del de las instituciones. Ella funcionaba sin una estructura de gobierno que la limitara, era el mito fundacional del movimiento, y los símbolos no pueden tener un cargo administrativo. Por lo menos no si quieren mantener su estatus.
 Este rol de equilibrio que mantenía en el gobierno se ve explícitamente cuando el gobierno de Perón comienza a flaquear al morir Evita. ¿Hay una casualidad, hay una causalidad?
 En una de las primeras escenas de la película, Perón está caminando por el Patio de las Palmeras de la Casa de Gobierno con otros dos militares. Existe preocupación entre la fuerza por los carteles que estuvieron apareciendo en la ciudad proclamando la candidatura de Eva a la vicepresidencia para la elección del 52. Un detalle no menor es que el Presidente también está con su uniforme de General, él también es uno más de los preocupados, aunque tiene la capacidad de presentarse desde una posición más conciliadora, como un mediador entre fuerzas disímiles dentro de una misma estructura de poder.
 Para calmar a las fieras, Perón les dice: “Para que Dios exista, tiene que existir el Diablo y como yo no quiero ser el diablo…”.
 Cuando muere Evita, Juan Domingo se ve obligado a ser ambas cosas: Dios y el Diablo. Se convierte en un equilibrista que funciona tanto como el jefe de la revolución como el presidente constitucional de los argentinos. Cuando pasa a ser ambas cosas, pierde el centro que tenía ganado cuando articulaba entre Eva, los militares, la CGT y tantos otros. Evita le quita el péndulo de aquel lado y él debe asumir un papel vacío de mediación. Hay una muerte de Dios –en el sentido de referencia y contención– cuando muere Evita.
 Este juego de roles se daba en una multiplicidad de esferas de la vida social, política y económica de ese período que, mientras Eva estuvo viva, logró equilibrarse bajo la fuerza de su figura arquetípica. Al fallecer, ese mito pasó a ser historia, entró en el panteón de la simbología argentina, tanto por sus propias virtudes y acciones como por la fuerza de lo que vino después y que la ayudaría enormemente a constituirse como leyenda.
 Feinmann (plenamente consciente de la construcción que existe alrededor de su protagonista y dispuesto a desmitificarla y discutirla) juega en su guion con una Eva decidida a salir del inmaculado rol que tenía reservado el peronismo para ella, decidida a bajar al llano, fundirse con las responsabilidades. José Pablo ubica a Juan Domingo y María Eva cenando en un salón que podría ser en la residencia presidencial del Palacio Álzaga Unzué o en la Casa Rosada. Evita acompaña los primeros minutos de la comida con una charla amena, hasta que no puede más y explota: “Decime, porque no me preguntás lo que me querés preguntar hace rato… ¿Por qué quiero la vicepresidencia?”. Perón –calculo que algo acostumbrado a los embates de honestidad de su mujer– le contesta evadiendo el conflicto: “Hasta donde yo sé es una jugada política de la CGT”. “Es una jugada política mía, política y personal. Sobre todo personal”, le contesta Eva. Y, una vez encendido el motor, acelera: “Yo tenía siete años cuando murió mi padre…”. Perón que debió haber escuchado esa historia un par de veces, intenta evitar la repetición y le dice que conoce bien lo que está a punto de decirle. Pero Evita –se la imagina Feinmann con cierto sustento real– no era fácil de callar.
“Yo siempre fui una ilegítima, Juan, una bastarda. Nunca tuve derecho a nada. Bueno, se acabó. Ahora quiero ser parte del Estado, quiero tener derecho, Juan. Oíme bien, no quiero que ningún hijo de puta me vuelva a preguntar nunca más ‘con qué derecho’, ¿entendés? Quiero la vicepresidencia, Juan, ese derecho quiero”.
Perón se saca la servilleta que tenía sostenida en el cuello de la camisa, toma un sorbo de su vaso mientras asiente repetidas veces manteniendo la mirada fija en un punto muy lejano a la mirada fulminante de Eva. Se seca la boca, deja el vaso y, sin siquiera devolverle la mirada, pregunta un poco a sí mismo y un poco a Eva, dejándole en claro su posición de absoluta evasión: “¿Habrá dulce de leche?”.
El símbolo quería dejar de serlo, quería vivir lo suficiente como para que la historia la juzgara como heroína o villana aunque finalmente, como ya hemos señalado, eso no sucedió durante su existencia, sino después. Para ella, no hubo dulce de leche, solo una muerte amarga y cruel que terminó de consolidar su “paso a la inmortalidad” como repetiría un peronismo convertido en régimen en todas las transmisiones radiales diarias a las 20 hs. 25 m.
Desde el 26 de julio de 1952 a la actualidad, como todo mito, fue reinterpretada desde los más variados paradigmas. Si Evita viviera sería…“la abanderada de los pobres y los humildes” precisamente para los pobres y los humildes, “Santa Evita” para la ortodoxia, “Evita Montonera” para la juventud maravillosa, “esa mujer” para quienes la odiaban sin nombrarla o una “transgresora” para la visión liberal-progresista.   
Dice Alejandro Dolina que los verdaderos paraísos son los paraísos perdidos. Los mitos son exactamente eso, paraísos perdidos, promesas trágicamente incumplidas que siempre nos dejarán la incógnita contrafáctica sobre su realización. ¿Qué hubiese pasado si no hubiese muerto en ese frío invierno del 52? Respuestas varias: a Perón no lo hubiesen derrocado, la revolución justicialista se habría profundizado y todos los etcéteras que cada una quiera imaginar. Nunca lo sabremos. Y esa es precisamente la ventaja de los mitos, la rienda suelta a nuestra imaginación, a nuestros sueños, al diseño de la realidad como, quizás, nunca pueda llegar a ser.
Es en esa coexistencia entre la construcción que todo legado deja y la realidad con la que debió convivir, donde encontraremos algo parecido a una verdad histórica. Evita y el peronismo no fueron la excepción a la regla. Su historia no es una línea recta de un relato inmaculado. Sus símbolos y mitos se construyeron y se mancharon al igual que cualquier otro mortal lo hubiera hecho. No le debemos temer a los claroscuros de una mujer y un movimiento político que reflejan las contradicciones de la sociedad argentina. Solo en su reflejo podremos desentrañar la complejidad de nuestra realidad.



Para seguir leyendo

Baczko, Bronislaw, Los imaginarios sociales. Memorias y esperanzas colectivas, Buenos Aires, Nueva Visión, 1991.

Perón, Juan Domingo, Discursos completos, ediciones varias.


Para ver o volver a ver

Eva Perón, Dir. Juan Carlos Desanzo, Aleph Producciones S. A. junto al INCAA, 1996.