Maquiavelo, el señor de los anillos. Liberalismo y realpolitik


 
Nicolás maquiavello (1469-1527)

¿El cine solo funciona como la reproducción de una realidad o también se encarga de constituirla?
Visto fríamente, podríamos decir que el séptimo arte no es más que una mera técnica de duplicación y proyección de una imagen en movimiento. Es decir, solo se encarga de reproducir fragmentos y visiones del mundo. Pero al mostrar esa concepción, al editarla, al seleccionar una perspectiva y negar el resto, el cine pasa a ser un actor que está lejos de ser imparcial.
Al fabricar un mundo imaginario ­–toda proyección, más allá de su género, es producto de la imaginación de alguien que a su vez juega con la imaginación del espectador–, el cine permite transformar y moldear los deseos, sueños y mitos del hombre. Una misma película puede tener efectos absolutamente diferentes en públicos similares o bien los mismos resultados en personas totalmente disímiles. La estructura mental de cada uno de nosotros nos lleva a entender de forma muy diferente la muerte de la madre de Bambi, la despedida final del padre de El gran pez (Big Fish) o el puñetazo de Mike Tayson en ¿Qué pasó ayer? (The Hangover).
Así, el cine se transforma en un generador de enseñanzas que nosotros, aun si no nos interesa aprender nada, absorbemos como esponjas; incluso si nuestro único objetivo es ver Transformers para pasar el rato y, de paso cañazo, deleitarnos la vista con Megan Fox.
Esta es la forma en la que Hollywood reproduce constantemente la visión que tiene del mundo, en el que los malos son feos; los buenos, lindos –aunque últimamente, encontramos excepciones a la regla con algún que otro muchacho o señorita de ética dudosa y gran atractivo físico–, en el que un solo individuo puede salvar al mundo y matar ejércitos enteros y en el que el éxito está garantizado para todo aquel que luche por él, aunque el mundo se empecine en pisotearte Solo será cuestión de mantener una conducta de fidelidad hacia tus principios para ser, al menos, un ganador moral.
El poder también es un tema recurrente en este tipo de cine y, en general, la visión que se imprime sobre dicho principio tiende a constituirse desde una perspectiva algo negativa: aquellos que lo buscan y ambicionan son villanos; los buenos luchan contra él, no lo anhelan.
Vayamos con un ejemplo. La trilogía de El señor de los anillos (The Lord of the RIngs) gira en torno a un grupo heterogéneo de personajes cuyo objetivo último es deshacerse de un artefacto que otorga un poder desmesurado: el Anillo. ¿Y qué inscripción posee en su interior? “Un anillo para gobernarlos a todos, un anillo para encontrarlos, un anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas”. Una alegoría superficial sobre el poder como sinónimo de tinieblas y el gobierno como sumisión.
La responsabilidad de la misión recae sobre el miembro que se muestra, en principio, más inocente, puro y débil: Frodo Bolsón (Elijah Wood), un minúsculo hobbit incapaz de lastimar a una hormiga. Este tipo de héroe es todo un arquetipo de protagonista en la novelística y la filmografía anglosajona, donde el principal responsable de salvar al mundo es un ser menospreciado, con dificultades para asumir su importancia, con baja autoestima, inicialmente miedoso y tímido, pero con una fortaleza moral que le permite asumir las desventuras como circunstancias para refundar su personalidad.
El viaje, representado en el conjunto de las tres películas que suman más de 9 horas de duración, implica un sacrificio enorme para el pobre muchacho. La responsabilidad de cargar con el poder y luego destruirlo lo deja herido de por vida, física y mentalmente. Nunca volverá a ser el mismo. Ha perdido la inocencia y la pureza, así que lo ponen en un barco para desaparecer de aquel mundo corrupto y pasar el resto de sus días en la tierra mágica de los elfos. De verdad, la saga termina así.
¿De dónde viene esta concepción de poder? El liberalismo es una corriente de pensamiento que abarca una multiplicidad de campos que van desde la economía hasta la política. Su concepción del mundo parte de pensar al hombre como  poseedor de derechos desde el nacimiento, incluyendo su libertad (iusnaturalismo). El hombre nace libre y solo cederá esa propiedad de forma voluntaria.
Un gobierno, siguiendo esta línea, se justifica como el resultado de un acuerdo entre individuos libres que convienen en establecer los vínculos estrictamente necesarios para una convivencia duradera y pacífica. Esos vínculos darán como resultado un Estado pequeño con poderes y funciones limitadas. Esta idea nace en contraposición a una concepción de gobierno absolutista propia de los reyes europeos que terminaron cayendo al ritmo de las revoluciones durante el siglo xviii y que hasta el siglo xx siguieron dando vueltas por ahí, pero ya con una importancia prácticamente nula.
La libertad individual va a estar garantizada por esta limitación de poder, y al Estado solo le corresponderá la tarea de mantener el orden público interno y el establecimiento y cuidado de las relaciones con otros Estados. Desde este punto de vista, el gobierno es concebido como un mal, pero un mal necesario.
Thomas Paine fue uno de los padres fundadores de los Estados Unidos y un ferviente liberal. En 1776, el mismo año de la revolución estadounidense, publica un panfleto titulado Common Sense (Sentido común). Allí escribe:

La sociedad es producto de nuestras necesidades y el gobierno, de nuestra maldad; la primera promueve nuestra felicidad positivamente, uniendo al mismo tiempo nuestros afectos; el segundo, negativamente, teniendo a raya nuestros vicios. Una alienta las relaciones, el otro crea las distinciones. La primera protege, el segundo castiga. La sociedad es, bajo cualquier condición, una bendición; el gobierno, aún bajo su mejor forma, no es más que un mal necesario, en la peor, es insoportable.


La concepción del poder made in Hollywood sigue esta línea: es estrictamente liberal. El poder no es algo deseable porque corrompe el alma de los individuos. Solo la cesión voluntaria de las libertades para construir un gobierno puede ejercer algo de fuerza propia, pero al mismo tiempo, debe ser limitada y controlada.
En El señor de los anillos, la lucha no es solo contra la concentración de poder en una única mano, sino contra el poder como principio, contra el poder en sí mismo. El anillo debe ser destruido, la idea de que pueda ser utilizado para el bien solo propicia traición y locura. El poder obnubila, enceguece, y vuelve irracional y desenfrenado a quien aspira a poseerlo.
Otra saga que muestra un paradigma de poder similar es Matrix, cuando Neo (Keanu Reeves) le pregunta a la Pitonisa: “¿Qué busca un hombre que tiene poder?”. Y la respuesta es: “Más poder…”. Nada de cambiar el mundo ni nada parecido, el que tiene poder quiere más poder para coleccionarlo como si fueran estampillas.
Mejor retomemos. Boromir (Sean Bean) es parte de la comunidad del anillo, esta especie de conciliábulo ad hoc que se reúne para decidir qué hacer con el objeto deseado. El muchacho es el representante de los humanos, que son introducidos en la historia como los más corruptos de los pueblos de la Tierra Media. Boromir tiene una personalidad amoral, de principios más bien realistas, y reflejados en la trama con un halo de duda. Sabemos que es el eslabón débil. Vendría a ser algo así como la caracterización de un personaje surgido de la imaginación de Maquiavelo, quien planteaba en El Príncipe que “los hombres siempre serán malos si la necesidad no los obliga a ser buenos”.

¿Qué argumentos tan terribles esgrime para que lo veamos de reojo y con sospecha? El enemigo los supera en número y, encima, los territorios de su pueblo lidian con los dominios de los malos, ergo, serán los primeros en sentir el acero de las espadas del enemigo. Sus necesidades y urgencias son mayores que las de cualquiera de los allí representados. Por lo tanto, propone usar el poder del anillo para destruir al invasor.
No sé ustedes, pero a mí me suena lógico este argumento, yo le hubiera dado el anillo. Pero J. R. R. Tolkien (el autor de la saga) tenía otros planes.
Boromir terminará por robarle el objeto preciado a Frodo solo para darse cuenta, rápidamente, de que estaba cometiendo un error. Lo enmienda sacrificándose al salvarle la vida al hobbit, perseguido por los espantosos orcos. Moraleja: si querés el poder, te corrompés y te morís.
Indiana Jones sigue un mismo parámetro. Tanto en En busca del arca perdida (Raiders of the Lost Ark), El templo de la perdición (The Temple of Doom), La última cruzada (The Last Crusade), como en la inefable El reino de la calavera de cristal (The Kingdom of the Chrystal Skull), hay un artilugio mágico que otorga poderes sobrenaturales a nazis, morochitos explotadores de niños, nuevamente nazis y rusos.
El final de En busca del arca perdida es maravilloso. Resulta que Jones (Harrison Ford) anda en busca del Arca de la Alianza donde, según la Biblia, descansan los diez mandamientos, porque, supuestamente, quien la posea será muy poderoso. Ah, pero entonces Indiana sí anda detrás de un egoísta deseo de hacerse con el poder del dios judeocristiano. Bueno, no exactamente.
El arqueólogo más famoso de la ficción recién arranca viaje cuando los servicios de inteligencia le informan que los nazis están buscando el Arca. Cierto, los buenos nunca harían una cosa semejante.
La cuestión es que, siguiendo la lógica de este tipo de películas, Jones logra hacerse del Arca y se la entrega a las autoridades. Un detalle no menor es que cuando los nazis intentan utilizarla, Dios se los despacha a todos de un sacudón, haciéndolos explotar, derritiéndoles la cara y atravesándoles el pecho con un rayo lumínico.
¿Qué hace el gobierno de Estados Unidos con el arca? ¿La utiliza para detener el régimen de terror de Hitler? ¿La muestra al mundo como factor disuasorio para traer una paz eterna? ¿Conquista todo el continente amenazando a los latinoamericanos con que si no siguen sus órdenes hará caer la furia de Dios en todos nosotros? Si creyeron que alguna de las opciones anteriores era correcta, es que no me estuve expresando del todo bien. No, jamás podrían hacer nada de eso. En el mundo ficcional que construyen alrededor suyo, los norteamericanos no abusan del poder, no lo desean y, cuando lo obtienen, se encargan de separarlo, hacerlo a un lado y custodiar que nadie lo profane. El Arca termina su recorrido en un enorme depósito lleno de otros elementos de dudoso origen y se quedará allí, acumulando polvo, por el resto de los días.
Ahora bien, en el mundo real, la búsqueda de poder es una ambición lógica que llevan adelante Estados, líderes, políticos y todo aquel que desee hacer un cambio en la sociedad que lo rodea.
Sin poder, no hay construcción política posible, y sin construcción política, no hay sociedades ni progreso. Si la facción de Saavedra, Moreno y compañía no se hubiera hecho con el poder del Cabildo el 25 de mayo de 1810, ¿hubiera existido esta Revolución? Si los trabajadores no hubieran tomado el espacio público al marchar sobre la Plaza de Mayo para pedir la liberación del Coronel Perón, ¿hubiera existido el peronismo y las conquistas sociales que este llevó adelante durante sus primeras dos presidencias? Si Frondizi se hubiera impuesto sobre los militares, imponiendo su autoridad, ¿el desarrollismo que impulsaba su gobierno hubiera llegado más lejos?
La conquista de poder no es pecaminosa sino deseable para una comunidad que tenga reglas claras que regulen esa búsqueda y conquista. ¿La realidad con la que convivís no es de tu agrado? ¿No soportás la desigualdad, la pobreza ni la corrupción? ¿Querés cambiar tu barrio, tu ciudad, tu país? ¿Y cómo lo pensás hacer sin poder?
Es fácil la crítica contra el poder desde una posición ética –sobre todo si se tienen los recursos financieros, diplomáticos y bélicos con los que cuenta Estados Unidos–. Es como un rico que pregona el comunismo pero que no hace demasiado para implantarlo más que contar lindas historias donde se condena moralmente a la burguesía. Estimados, el poder puede; solo con poder se podrá modificar la realidad. Siempre y cuando lo quieras hacer, obviamente.




Para seguir leyendo

Bobbio, Norberto, Liberalismo y democracia, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1996.

Paine, Thomas, El sentido común y otros escritos, Madrid, Tecnos, 1990.

Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe, ediciones varias.


Para ver o volver a ver

El señor de los anillos. La comunidad del Anillo (The Lord of the Rings: The Fellowship of the Ring), Dir. Peter Jackson, New Line Cinema, 2001.

El señor de los anillos. El retorno del rey (The Lord of the Rings: The Return of the King), Dir. Peter Jackson, New Line Cinema, 2003.

El señor de los anillos. Las dos torres (The Lord of the Rings: The Two Towers), Dir. Peter Jackson, New Line Cinema, 2002.

Indiana Jones. En busca del arca perdida (Raiders of the Lost Ark), Dir. Steven Spielberg, Paramount Pictures y Lucasfilm, 1981.

Indiana Jones y la última cruzada (Indiana Jones and the Last Crusade), Dir. Steven Spielberg, Paramount Pictures y Lucasfilm, 1989.

Indiana Jones y el templo de la perdición (Indiana Jones and the Temple of Doom), Dir. Steven Spielberg, Paramount Pictures y Lucasfilm, 1984.

Indiana Jones y El reino de la calavera de cristal (Indiana Jones and the Kingdom of the Chrystal Skull), Dir. Steven Spielberg, Paramount Pictures y Lucasfilm, 2008.

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