No me pagan para leer. El poder detrás del poder


Springfield está aislado. Un enorme domo impide salir a los habitantes del pueblo ficticio más conocido de los Estados Unidos. ¿Cómo llegó esa estructura de vidrio ahí? Retrocedamos un poco en el argumento.
Homero Simpson –¿existe un personaje más icónico de una generación que Homero?– adoptó como mascota a un cerdito, el “cerdo araña”, a quien cuida más que a sus propios hijos. El animal es de buen comer, como su dueño, por lo que produce una cantidad considerable de desechos que deben ser puestos en algún lugar. Para solucionar la cuestión, Homero construye un silo, pero el contenedor se llena rápidamente. ¿Qué hacer con el contenido? Como sabemos, la racionalidad no es parte de los atributos primarios de este jefe de familia, así que decide tirarlos al lago del pueblo que había sido recientemente descontaminado gracias a una campaña liderada por su propia hija, Lisa. Ahí es donde comienzan los problemas.




El lago vuelve a contaminarse por la impericia de Homero. Para evitar que la polución se expanda más allá de los límites de Springfield, un exageradamente poderoso y ambicioso agente de la EPA (la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos), Russ Cargill, planifica cinco soluciones posibles y se las acerca al presidente de los Estados Unidos, cada una en una carpeta separada. ¿Quién está sentado en el Salón Oval para decidir? El presidente Arnold Schwarzenegger.
Esta no es la única vez que el cine estadounidense elige a su máxima figura de acción como primer mandatario. En 1993, se estrenó El demoledor (Demolition Man), una película que no figura, ni figurará, en los momentos culmines del séptimo arte. Protagonizada por Silvester Stallone, Wesley Snipes y Sandra Bullock, El demoledor es la clásica historia que enfrenta a un policía rudo con un villano estereotipadamente malvado. La vuelta de rosca del argumento –si se lo puede llamar así– es que Stallone, el policía bueno pero renuente a actuar según las reglas, y Snipes, el malo, malo, son congelados criogénicamente y despiertan en un futuro naíf, sin delincuencia ni violencia aparente –en realidad, el futuro había encontrado la solución a la pobreza y a la delincuencia escondiéndola en las alcantarillas, como quien esconde la suciedad debajo de la alfombra–.
Bullock, la partenaire de turno, le muestra los cambios que habían acontecido mientras Stallone dormía. En la recorrida, le señala la biblioteca presidencial Arnold Schwarzenegger. Ante la sorpresa de Stallone por lo absurdo del relato, la explicación de Bullock parece casi profética: debido a la popularidad que tenían las películas del austríaco, una enmienda constitucional le había permitido presentarse a las elecciones presidenciales del 2003 –en el mundo real, ese año no hubo ninguna elección aunque hubiera sido atractivo ver unos años después un duelo Obama / Schwarzenegger–
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Volviendo a los Simpson, Cargill coloca las cinco carpetas para resolver la cuestión Springfield en el escritorio del presidente. Schwarzenegger elige la número cuatro, sin leer ninguna, simplemente opta por una al azar. ¿Cuál es su justificación para elegir el destino del pueblo sin siquiera leer las opciones? “No me pagan para leer, me pagan para tomar decisiones”.
Occidente ha sucumbido a la velocidad. Los acontecimientos se suceden sin pausa, la impronta tecnológica ha ganado la batalla. El pensador alemán Martin Heidegger se anticipó a nuestro tiempo al describir, en un curso de Introducción a la Metafísica de 1935, lo que hoy es realidad:
Cuando el más apartado rincón del globo haya sido técnicamente conquistado y económicamente explotado; cuando un suceso cualquiera sea rápidamente accesible en un lugar cualquiera y en un tiempo cualquiera; cuando se puedan “experimentar”, simultáneamente, el atentado a un rey en Francia, y un concierto sinfónico en Tokio; cuando el tiempo solo sea rapidez, instantaneidad y simultaneidad, mientras que lo temporal, entendido como acontecer histórico, haya desaparecido de la existencia de todos los pueblos; cuando el boxeador rija como el gran hombre de una nación; cuando en número de millones triunfen las masas reunidas en asambleas populares, entonces, justamente, entonces, volverán a atravesar todo este aquelarre, como fantasmas, las preguntas: ¿para qué?¿hacia dónde?¿y después qué?
El tiempo es rapidez. Los que deben tomar decisiones tienen un margen ajustado para la profundización, actúan en virtud de los tiempos de la opinión pública y de los medios. Ya no existe el detenerse; podemos ver un atentado en simultáneo a un concierto mientras pispeamos un programa de cocina y pasamos por un viejo partido de nuestro equipo favorito que supo vivir tiempos mejores. En esta realidad, el boxeador es el que rige como el gran hombre de una nación.
Heidegger no eligió la figura del pugilista gratuitamente, ya que se trata de la personificación del triunfo de la notoriedad por sobre el cálculo, de la fuerza ante el saber reflexivo. Es la popularidad del campeón lo que lo lleva a estar por sobre el resto. La política no escapa a esa lógica.
La escena del agente Cargill es doblemente representativa. Por un lado, el hecho de que sea Schwarzenegger la figura presidencial que decide el futuro de un pueblo sin pensarlo demasiado, o directamente sin hacerlo, nos grafica un mundo en donde la fama y el nivel de conocimiento son valores que importan casi tanto como las capacidades de liderazgo.
La popularidad que un personaje construye en su ámbito es un capital que, llegado el momento, se puede extrapolar a la política. No solo se estará importando el “ser conocido”, sino también la forma de resolver y actuar que se poseía en la vida anterior. La edificación del reconocimiento resulta ser universal y, como tal, de aplicación indistinta.
En el caso de un actor, este no va a dejar nunca de actuar, incluso llegando al extremo posible de realizar una pantomima de decisión cuando en realidad solo realiza gestos huecos de contenido.
No es casual que Arnold haya construido su carrera cinematográfica encarnando a hombres de acción, personajes que se sostenían en la resolución de los conflictos mediante el músculo y la velocidad. En un mundo donde el zapping es rey, donde el control sobre la realidad se reduce al dedo pulgar, queremos que las cosas sucedan ya, sin dilaciones ni espera.
Exigimos la inmediatez y ahí está el Terminator para guiarnos. Nos sentimos reconfortados porque lo conocemos, todos lo vimos salvar a John Connor, eliminar una amenaza extraterrestre en Depredador (Pedrator), incluso sabemos que sonríe cuando sale de shopping con su hermano Danny DeVito en Gemelos (Twins). Es un hombre que hizo de la eliminación inmediata de las dificultades –aún si lo debía hacer a los tiros– una marca registrada. Y Terminator no se va a detener a pensar qué es lo que debe hacer, simplemente lo hace. A él, finalmente, es al que no le pagan para leer.
La escena también nos muestra la importancia del círculo que rodea al gobernante, tema que ahondaremos en el próximo capítulo. Cuando aquel que decide está sujeto a la presión de tener que brindar soluciones instantáneas a conflictos complejos, el “Estado Mayor” se vuelve una herramienta clave.
Carlos Matus, político y economista chileno, escribió un libro muy ilustrativo sobre el liderazgo en América Latina. Uno de los conceptos que utiliza en esta obra es el de “Estado Mayor” para referirse a la importancia del soporte tecnopolítico que todo líder debe tener.
Cargill, el agente de la EPA, representa ese apoyo –probablemente en su peor faceta– al ofrecerle al presidente un abanico de soluciones para un problema específico de un área específica. Por supuesto que presuponemos que en un país con un relativo nivel de seriedad, la opción de cubrir un pueblo con una esfera de vidrio para contener un desastre ecológico no sería nunca viable. Bueno, en realidad, uno nunca sabe. La humanidad ha tomado decisiones que, en comparación, dejan al domo bien parado.
Si el líder posee un buen equipo detrás, que le ofrezca soluciones, él se podrá dar el lujo, como Schwarzenegger, de elegir una carpeta más allá del contenido, porque descansa plenamente en que cada una de las opciones que se le presentan está respaldada por la pericia de sus asesores o ministros. Igualmente, la cuestión valorativa siempre deberá ser, en última instancia, de quien toma la decisión.
Ahora bien, lo que puede suceder es que los Estados Mayores no tengan la habilidad adecuada para idear todas las alternativas, o que quien gobierna utilice el azar como principal herramienta para resolver cuestiones importantes. No son pocas las veces en que la decisión se termina tomando por cuestiones episódicas, estados anímicos o informaciones muy parcializadas sobre temas trascendentales.
En países donde el arco institucional es más débil y donde la burocracia weberiana no es fuerte, lo que puede suceder es que este tipo de liderazgo fomente los “decisionismos” o su cara inversa, personajes que figuran pero que tienen un margen de decisión limitado[1].
La historia nos ha dejado algunos ejemplos de personajes que lograron un alto grado de notoriedad en otros campos y luego lo trasladaron a la política. En Estados Unidos, Reagan siguió un camino similar al de Schwarzenegger pero con el final que los guionistas de El demoledor habían imaginado para el austríaco: actor, gobernador de California y presidente.
Reagan supo hacer valer su bagaje actoral y, sobre todo, su espectacular manejo de la comunicación. Sabía transmitir de manera concisa y efectiva su visión acerca del rumbo que debía seguir el país, su visión de la economía, se llegó incluso a crear un término para definir la política económica durante su era, la Reaganomics, la política y las relaciones exteriores –Señor Gorbachov, tire ese muro abajo–.
Pero ese personaje que había construido Reagan tenía un establishment por detrás que le acercaba las decisiones ya masticadas y digeridas. Ese grupo tenía entre sus componentes algunos asesores que representaban al conservadurismo estadounidense más ortodoxo y que luego tendría un papel igual de central durante la presidencia de Bush hijo (Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz, Dick Cheney). En otros lugares, sin una dirigencia sólida, la actuación sin soporte puede resultar más patética.
Sheldon Wolin, en su libro Democracia S. A., plantea que en un sistema como el estadounidense, en el que existe una alianza del Estado con las grandes corporaciones económicas, las cabezas visibles de la política en realidad van a estar impulsadas por poderes abstractos y que, por lo tanto, no existe tal cosa como un poder personal. Así, las instituciones no van a ser moldeadas a la forma y semejanza del líder, sino que lejos de esto, la dirigencia es un producto del sistema y no tanto su arquitecto. Ante tal escenario, ¿qué mejor que un actor, que hace de la transmisión de emociones su profesión, para ser la cara pública de un poder?
Grandes personalidades del mundo del espectáculo y del deporte mudan sus logros y notoriedad de un campo a otro. Tienen en su poder el principal bien en este mundo para ingresar y triunfar en la política: el reconocimiento. Tal vez, para comprender aún mejor el sistema en el que vivimos, debamos mover un poco el foco de análisis, y no centrarnos tanto en los schwarzeneggers y mirar un poco más a los cargills que acercan las carpetas. Hacia allá vamos.



Para seguir leyendo

Heidegger, Martin, Introducción a la Metafísica, Barcelona, Gedisa, 1992.

Matus, Carlos, El líder sin Estado Mayor, Buenos Aires, Universidad de la Matanza, 2009.

Wolin, Sheldon S., Democracia S. A. La democracia dirigida y el fantasma del totalitarismo invertido, Buenos Aires, Katz Editores, 2008.

Weber, Max, Economía y sociedad, México DF, Fondo de Cultura Económica, 1996.


Para ver o volver a ver

Los Simpson (The Simpsons Movie), Dir. David Silverman, Twentieth Century Fox Film Corporation, 2007.

El demoledor (Demolition Man), Dir. Marco Brambilla, Warner Bros. Pictures y Silver Pictures, 1993.


[1] Después de la muerte de Max Weber, se publicó Economía y sociedad, una de sus obras más influyentes. En dicho escrito, el autor alemán elabora una teoría sobre la burocracia en la que estima que el orden jerárquico, las normas que regulan el funcionamiento de los órganos de Estado, los objetivos, responsabilidades y demás aspectos de la burocracia no solo son elementos claves para el funcionamiento del “orden legítimo”, sino una pieza clave para el desarrollo de toda sociedad civilizada. Sin burocracia no hay avance.

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